Por si alguien todavía dudaba del llamado Riesgo Kuka, la realidad volvió a hablar con datos y no con consignas. Pasaron las elecciones, ganó Javier Milei y la compra de dólares se desplomó un 95%. No hubo devaluación traumática ni corrida.
Hubo algo mucho más simple y contundente: se disipó el miedo. Milei tenía razón. No era atraso cambiario. Era demanda de cobertura frente a la amenaza de que volviera el populismo a devorar ahorros, salarios y futuro. El famoso “Club de los Devaluadores” quedó expuesto: no defendían al pueblo, defendían su negocio.
Ese cambio de expectativas no es anecdótico. Es el corazón de la economía. Desde la primera victoria electoral de Milei, el valor de las empresas argentinas aumentó un 146%. Para la izquierda, esto es un dato “financiero”, casi obsceno. Para cualquier adulto funcional, es la prueba de que cuando se respeta la propiedad privada, se libera la inversión y se ordenan las cuentas, la economía empieza a respirar.
Empresas más valiosas significan más productividad, más empleo real y mejores bienes y servicios. Exactamente lo contrario de lo que dejó el kirchnerismo tras años de asfixia regulatoria y saqueo fiscal.
La baja del 2% en el precio de la nafta anunciada por el CEO de YPF es otro símbolo del cambio de época. Atrás quedaron las colas interminables, el racionamiento encubierto y el relato de la “soberanía energética” mientras faltaba combustible. Hoy hay récord de producción, previsibilidad y hasta bajas de precios.
Parece obvio, pero en la Argentina devastada por el estatismo, que funcione el mercado es casi revolucionario.
Las señales también llegan desde afuera. Las inversiones francesas crecieron un 50% en los últimos 18 meses. Decathlon, tras consolidarse en Buenos Aires, desembarca en Córdoba con un local de 2.300 metros cuadrados y 50 empleos directos. No vienen por romanticismo ni por discursos inclusivos. Vienen porque hay reglas más claras y un gobierno que dejó de tratar al empresario como enemigo.
Nada de lo anterior es casual ni producto de un milagro económico. La caída del Riesgo Kuka es la consecuencia directa de empezar a desmantelar el régimen anterior. Reglas, señales y decisiones reemplazaron al relato.
Cuando se termina con el despilfarro obsceno como el de Tecnópolis —un monumento al vacío propagandístico— o cuando el Estado toma una posición clara frente al terrorismo que ataca a Occidente, lo que se envía es una señal política inequívoca: se acabó la ambigüedad moral, se acabó el populismo cultural y se acabó el Estado usado como herramienta de propaganda.
Porque el mercado no reacciona a slogans: reacciona a decisiones. Y Milei decidió romper con el kirchnerismo no solo en lo económico, sino también en lo cultural y en lo civilizatorio. Por eso se disipó el miedo. Por eso volvió la inversión. Por eso la Argentina empieza, lentamente, a salir del pozo.
Mientras el nuevo rumbo ordena la macro y devuelve previsibilidad, el andamiaje del viejo régimen comienza a desmoronarse por sus propias grietas. La denuncia de ARCA contra la AFA por apropiación indebida de recursos por más de 7.600 millones de pesos destapa una auténtica Caja de Pandora: años de privilegios, opacidad y connivencia política entre poder y negocios. La impunidad que garantizó el kirchnerismo dejó de ser un seguro de vida.
Ese mismo esquema de saqueo se replica en el conurbano profundo. En Moreno, el kirchnerismo creó una tasa para cobrarle a los vecinos por pintar una pared o arreglar su casa. Un impuesto al esfuerzo mínimo, a la mejora individual, votado en bloque por quienes hablan de “justicia social” mientras castigan al que intenta progresar sin pedir permiso al Estado. No es un error: es la lógica natural de un modelo que se financia exprimiendo al contribuyente cautivo.
Y cuando el saqueo no alcanza por la vía impositiva, entra en escena la justicia laboral militante. La historia de la pyme de Junín, con tres empleados y al borde del cierre por un juicio de 330 millones de pesos, es el retrato más crudo de la llamada “industria del juicio”. Un sistema armado para beneficiar a un puñado de vivos a costa de destruir empleo genuino.
Decían que Milei era un fenómeno barrial. Hoy su triunfo resuena en Paraguay, Bolivia y Chile. La izquierda retrocede porque donde gobernó dejó inflación, corrupción y narcotráfico; y donde sigue, es porque dejó de respetar el voto. El riesgo no era el mercado. El riesgo era seguir igual.