El 9 de marzo de 2013, durante las congregaciones generales previas al cónclave, el cardenal Jorge Bergoglio, por entonces arzobispo de Buenos Aires, pronunció unas palabras que marcaron un antes y un después: “Yo sueño una iglesia que salga de sí misma”. Aquella intervención impactó de forma inmediata.
La frase no solo resumió una visión pastoral renovadora, sino que se convirtió en el eje de lo que luego sería su pontificado. El cardenal Jaime Ortega y Alamino, de La Habana, pidió permiso para fotocopiar el manuscrito de Bergoglio y lo distribuyó entre los demás cardenales al día siguiente. Su mensaje captó la atención de un electorado eclesiástico que aún buscaba rumbo tras la renuncia de Benedicto XVI el 28 de febrero.
En esos días previos al encierro en la Capilla Sixtina, los cardenales menores de 80 años se reunieron para debatir el futuro de la Iglesia. Aunque oficialmente no existían campañas, aquellas intervenciones funcionaron como verdaderas plataformas políticas, donde los aspirantes delinearon sus ideas.












