Un reciente estudio genético ofrece pistas fascinantes sobre cómo los pueblos indígenas de los Andes peruanos lograron adaptarse y sobrevivir en uno de los entornos más desafiantes del planeta. Investigadores de la Universidad de Buffalo analizaron datos de más de 3.700 personas de 85 poblaciones alrededor del mundo y descubrieron que los andinos peruanos poseen, en promedio, la mayor cantidad de copias del gen responsable de la amilasa salival.
La amilasa es una enzima digestiva presente en la saliva que ayuda a descomponer los almidones complejos en azúcares simples, facilitando su digestión. Este hallazgo explica en gran medida cómo los antiguos habitantes de la región pudieron incorporar las papas —domesticadas en los Andes hace unos 10.000 años— como base fundamental de su alimentación.
La capacidad de producir más amilasa representó una ventaja evolutiva clave, según los científicos. Aquellos individuos con más copias del gen probablemente tuvieron mayor éxito reproductivo, mientras que quienes carecían de estas copias adicionales enfrentaron dificultades para digerir la dieta rica en almidones.
Omer Gokcumen, uno de los autores del estudio, destacó la importancia de este rasgo genético. “Es realmente una situación de vida o muerte”, explicó. El equipo se centró en los peruanos porque el número de muestras de otro grupo con altos niveles, los akimel o’odham de Arizona y México, era insuficiente para analizar señales de selección natural.
Adaptación milenaria a la dieta andina
Las papas, originarias de los Andes, se convirtieron en un alimento esencial para las sociedades prehispánicas. Contar con más copias del gen de la amilasa permitió una mejor nutrición y, posiblemente, influyó en aspectos como el microbioma intestinal, el metabolismo y hasta el sistema inmune, aunque los investigadores aún no comprenden completamente todos los mecanismos.





Los resultados subrayan cómo factores ambientales moldearon la biología humana en el Perú, ofreciendo una ventana a la historia evolutiva de estas poblaciones. El trabajo, publicado en Nature Communications, abre nuevas vías para entender adaptaciones genéticas en diferentes grupos humanos.




