Arqueólogos desenterraron en Cumbria, al noroeste de Inglaterra, un pequeño amuleto de bronce con forma de falo que tiene alrededor de 1.800 años. La pieza, que mide apenas tres centímetros, está moldeada con detalles anatómicos y se conserva en muy buen estado.
El hallazgo ocurrió en el predio del Carlisle Cricket Club, un terreno que en época romana albergaba termas junto al río Edén. Allí los romanos se reunían para conversar y relajarse. Aunque ya se habían recuperado cerámicas, fragmentos de pilares y esculturas, la figurilla fálica sorprendió por su significado.
Los investigadores destacaron que era inusual no haber encontrado antes un objeto de este tipo en un yacimiento tan rico en artefactos romanos. El director del proyecto, Frank Giecco, admitió ante la BBC que esperaban hallar algo así dada la abundancia de otros restos.
Lejos de tener un sentido obsceno o sexual, este amuleto cumplía una función protectora. Para los romanos, las representaciones fálicas servían como talismanes contra el mal de ojo y atraían buena suerte.

Un símbolo de protección
Los antiguos romanos usaban estos objetos de distintas formas: como colgantes en el cinturón, tallados en paredes o integrados en joyas. No se trataba solo de símbolos de virilidad o fecundidad, sino principalmente de herramientas para conjurar la mala suerte.
El fotógrafo Pete Savin compartió imágenes del hallazgo en X, donde se aprecian los detalles del pequeño pene de bronce. La pieza se suma a otros descubrimientos similares en la región.
En 2019, cerca del Muro de Adriano, se catalogaron grafitis romanos del año 207 d.C. que incluían relieves fálicos. Otro hallazgo en Vindolanda reveló un colgante de azabache con la misma forma, que al parecer su dueño manipulaba con frecuencia.
Estas piezas varían en tamaño. Mientras el de Carlisle es diminuto, en Córdoba, España, se encontró un bajorrelieve de 45 centímetros tallado en la piedra de un edificio.
Una práctica extendida en el Imperio
Los expertos explican que los emblemas fálicos aparecían en amuletos, frescos, mosaicos y lámparas. Incluso bebés y soldados los llevaban para invocar protección divina, como menciona el antiguo autor Plinio.
La obsesión romana por estas figuras no respondía a un interés explícito, sino a su potente carga simbólica. Crear falos con alas, formas de animales o con campanillas era común para reforzar su poder protector.
El descubrimiento en Cumbria confirma una vez más que los romanos integraban estos talismanes en la vida cotidiana. Desde Britannia hasta otras provincias del Imperio, las evidencias se acumulan y muestran una tradición extendida durante siglos.
Lejos de ser algo aislado, este tipo de hallazgos permite entender mejor las creencias y costumbres de una sociedad que veía en el falo un poderoso escudo contra las fuerzas negativas.