En plena era de esplendor del Antiguo Egipto, Ramsés II consolidó su poder no solo con conquistas militares sino también mediante astutas alianzas políticas. Una de las más importantes fue su matrimonio con una princesa del imperio hitita, un acuerdo que ayudó a estabilizar las relaciones tras años de conflictos.
El faraón, que gobernaba desde hacía tres décadas, celebraba su jubileo Heb Sed en la flamante capital de Pi-Ramsés. En ese contexto, decidió fortalecer los lazos con los hititas, a quienes había enfrentado en la famosa batalla de Kadesh en 1275 a. C. Aunque Ramsés presentó esa contienda como una gran victoria, los registros muestran que el resultado fue más equilibrado de lo que él proclamaba.
Esta boda no fue un simple evento romántico, sino una jugada estratégica para sellar el tratado de paz firmado nueve años antes por Hattusilis III. El faraón exigió específicamente a la hija mayor del rey hitita, rechazando cualquier otra opción.
Las negociaciones se extendieron durante meses y quedaron registradas en tablillas de arcilla encontradas en Hattusa. La reina Puduhepa, esposa de Hattusilis, se encargó principalmente de organizar la dote y los preparativos.

Las complicadas tratativas diplomáticas
Los enviados egipcios se quejaron varias veces por los retrasos y el tamaño de la dote prometida. Puduhepa respondió con firmeza, culpando a un incendio en los almacenes y a la escasez. En una carta dirigida a Ramsés, al que llamaba "hermano", le reprochó su codicia: “¿Acaso mi hermano no tiene posesiones? Pero hermano, ¡te estás enriqueciendo a mi costa!”.
Sin embargo, la reina hitita aseguró que la dote sería impresionante, superior incluso a la del rey de Babilonia, e incluiría oro, plata, ganado, caballos y sirvientes. La principal condición hitita era que la princesa se convirtiera en la esposa principal del faraón, no en una consorte secundaria.
Ramsés aceptó esa exigencia, pero rechazó cualquier idea de enviar a una princesa egipcia a cambio. Los faraones mantenían esa tradición para demostrar superioridad, a pesar de tratarse como iguales en la correspondencia diplomática.
Finalmente, la princesa partió hacia Egipto con un gran séquito. Al llegar la noticia a Pi-Ramsés, Ramsés expresó su alegría: “El dios del sol, el dios de la tormenta, los dioses de Egipto y los dioses de la tierra de los hititas han decretado que nuestros dos grandes países se unan para siempre”.
La llegada y el nuevo rol de la princesa
La boda incluyó un ritual donde uncieron la cabeza de la princesa con aceite fino. Adoptó el nombre egipcio de Maathorneferure y recibió el estatus de gran esposa real. Este matrimonio no solo fortaleció la paz sino que también abrió un período de prosperidad y intercambio cultural entre ambos imperios.
Estos matrimonios dinásticos eran comunes en la época, pero los egipcios siempre mantuvieron una posición dominante al no enviar a sus propias hijas al extranjero. La princesa hitita llegó acompañada de cientos de personas, similar a lo ocurrido en uniones anteriores con otros reinos.
La unión representó un triunfo diplomático para Ramsés II, quien ya tenía varias esposas extranjeras pero otorgó a esta un lugar destacado. Los monumentos y registros de la época reflejan cómo el faraón usaba estos eventos para proyectar poder y estabilidad.
Gracias a este acuerdo, las hostilidades entre Egipto y el imperio hitita disminuyeron notablemente, permitiendo que ambos reinos se enfocaran en su desarrollo interno durante un tiempo de relativa calma en la región.