La nueva disposición del Banco Central obliga a los bancos a advertir a quienes abran una cuenta en dólares que su dinero está expuesto al “riesgo cambiario”. El texto que deberán leer los depositantes es de una claridad casi inocente: aunque la cantidad de dólares no varíe, su equivalente en pesos puede subir o bajar según las fluctuaciones del tipo de cambio.
A primera vista parece una medida de transparencia. En realidad, es un pequeño monumento a la confusión deliberada.
Porque el riesgo no está en el dólar. El riesgo está en el peso. Y el peso no se devalúa por azar ni por misteriosas fuerzas del mercado. Se devalúa porque quien controla su emisión ha decidido, una y otra vez, financiar con moneda nueva lo que no se atreve a financiar con impuestos o con deuda franca. El dólar no es una especulación peligrosa: es el refugio al que acude la gente cuando desconfía de la moneda que el Estado le obliga a usar.
Adviértase la ironía. La misma autoridad que durante años ha deteriorado el poder adquisitivo de la moneda local ahora se presenta como protectora del ciudadano, previniéndolo contra las consecuencias de su propia política. Es como si el incendio advirtiera a los vecinos sobre el peligro de usar extintores.
El ahorro en moneda extranjera no es un capricho de especuladores. Es la respuesta racional de quien ha aprendido, a fuerza de experiencia, que la promesa de estabilidad de la moneda nacional suele ser la más frágil de todas. Cuando una sociedad empieza a dolarizar sus ahorros de manera espontánea, no está cometiendo un pecado económico: está emitiendo un juicio sobre la calidad de su moneda y, por extensión, sobre la seriedad de quienes la administran.
La reglamentación, en el fondo, no protege al depositante del riesgo cambiario. Protege la ficción de que el peso y el dólar son dos opciones simétricas, dos monedas equivalentes entre las cuales uno elige según su gusto. No lo son. Una está sujeta a la voluntad discrecional de quienes pueden fabricarla en cantidades ilimitadas. La otra no.
Y mientras esa diferencia fundamental no se reconozca, todas las advertencias del mundo no serán más que un elegante ejercicio de distracción.