La izquierda ha prostituido el clima. Se ha desarraigado su abordaje científico para que políticos, tanto nacionales como internacionales, lo utilicen como excusa para promover sus intereses.
Tras la caída del Muro de Berlín, las izquierdas del mundo acordaron una estrategia de colonización ideológica basada en causas sociales. La táctica era clara: fomentar discursos divisivos (entre clases, razas, géneros, etc.) para justificar la intervención estatal.
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Uno de esos conflictos artificiales es el climático, donde organismos supranacionales imponen cómo debe vivir la humanidad. Esto se materializa en la Agenda 2030, mediante los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
A primera vista, los ODS parecen inofensivos: “fin de la pobreza”, “hambre cero”, etc. Pero al profundizar, emergen medidas que atentan contra derechos básicos como la libertad y la propiedad.

Esta Agenda no fue sometida a votación por los ciudadanos de ningún país, y, sin embargo, la ONU exige su cumplimiento a 200 naciones. Ya sucedió con los Objetivos del Milenio en los años 90, y ya están cocinando los nuevos objetivos para 2050–2075, todo para perpetuar este negocio.
El negocio del cambio climático
El clima genera interés y, con él, financiación. Organismos como el Banco Mundial, el BID y la ONU destinan fondos a consultorías inútiles que nadie lee, mientras las élites roban.
Ya no importa si el cambio climático es real o no. Da igual si el carbono en la atmósfera aumenta, si hay agujero en la capa de ozono, o si directamente dejó de importar lo que el método científico sugiera.
Lo único relevante es que los comunistas diseñaron un pronóstico climático apocalíptico para cagarte.
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Por si fuera poco, la hipocresía es evidente: los mayores emisores son China, Europa y EE.UU., pero Europa, por ejemplo, exige “sostenibilidad climática” a sus socios comerciales.
Los zurdos le dieron a Bruselas una carta más para extorsionar en negociaciones. Los conceptos son insostenibles.










