El término “empresa estatal” es, en sí mismo, un oxímoron. Estas entidades carecen de los elementos esenciales para la supervivencia en un libre mercado, y lo voy a demostrar.
Primero, no compiten. Sin competencia, desaparecen los incentivos para mejorar, innovar o siquiera prestar un buen servicio. La satisfacción del cliente se vuelve irrelevante.

Segundo, quienes toman decisiones no arriesgan nada propio. No invierten su dinero, no juegan con su patrimonio y, en muchos casos, ni siquiera temen perder su puesto. ¿Resultado? Desinterés por la eficiencia y los resultados.
Tercero, no pueden realizar cálculo económico. No operan bajo señales de precios ni bajo un marco competitivo que les permita evaluar rentabilidad o asignación eficiente de recursos. Al no poder adaptarse al mercado, se vuelven rígidas y culpan a los consumidores. Se quejan de una “demanda excesiva” en lugar de admitir su propia ineficiencia. ¿Alguien imagina a una empresa privada quejarse de tener demasiados clientes? Parece que nos hacen un favor, cuando en realidad es al revés: sin clientes, no hay empresa. Y sin calidad, no hay quien compre.









