Hace tiempo vengo pensando por qué el Frente Amplio parece no bajar nunca de ese 40% de apoyo electoral.
Es cierto que antes fue más alto. Pero aun después de gestiones desastrosas —como la de Mujica— no solo no se desplomó, sino que ganó el gobierno siguiente. Y hoy, frente a una administración que en varios aspectos puede ser incluso peor, ese núcleo duro sigue intacto.
¿Cómo se explica?
No es una pregunta ideológica. Es una pregunta estructura
El mecanismo
El Frente Amplio construyó su identidad criticando a los partidos tradicionales, en especial al viejo Partido Colorado: corporativismo, estatismo, clientelismo, gasto y poder basado en la distribución.
Cuando llegó al gobierno, replicó ese mismo modelo.
No fue una ruptura, sino una reedición del batllismo más pesado: más impuestos, más regulación, más Estado y, sobre todo, más empleo público.
Ese crecimiento no fue accidental. Fue político.
Durante sus gobiernos, el número de empleados públicos creció de forma masiva, hasta conformar un universo cercano a los 300.000 funcionarios. No es solo un problema fiscal: es un mecanismo de anclaje electoral.
La lógica es simple.
Más Estado implica más personas dependientes de él.
Más dependencia implica más votos cautivos.
No es ideología. Es incentivo.
No todos los empleados públicos votan al Frente Amplio, pero el incentivo es claro: cuando tu ingreso y estabilidad dependen del estatismo, votar por quien lo expande es una decisión racional.
Así se consolida un electorado inamovible que defiende errores, despilfarros y gestiones mediocres. El famoso 40% no es mística: es estructural.









