Por Federico Ventura
En la tierra Oriental, donde históricamente la libertad de prensa ha sido un supuesto baluarte y escenario de enfrentamientos políticos, hace varios años se eleva —no solo con este gobierno entrante— una sombra inquietante sobre la libertad de expresión y su independencia.
El emblemático caso del programa de Nacho Álvarez no es un incidente
aislado ni una anécdota de un gobierno en particular. Es la más clara manifestación de una estructura de intervención estatal que ha cooptado los medios de comunicación convirtiéndolos en títeres del poder político: un fenómeno que se ha perpetuado durante años con la bajada de diferentes periodistas.
Desde hace décadas, Uruguay ha tejido una red de control mediático que, a pesar de su supuesta fachada democrática, no dista mucho de los mecanismos autoritarios (vistos en otras partes de América Latina) que siguen una senda similar a la de los regímenes chavistas. La diferencia radica en que la censura, en Uruguay, se disfraza de «consenso socialdemócrata» y de una supuesta «pluralidad» que, en la realidad, es una farsa.
Es una dinámica que, desde hace años, han ejercido todos los gobiernos, incluido el de Lacalle Pou.
El caso Álvarez
Ignacio Álvarez, quien hoy sufre esa «censura», no dijo nada cuando, por ejemplo, en dos ocasiones atacaron la planta emisora de CX 30 Radio Nacional, donde el periodista Esteban Queimada tenía su conocido programa Bajo La Lupa y el periodista Federico Leicht desarrollaba su columna «Unabomber».
No se pronunció cuando a Queimada le vandalizaron el auto, tampoco cuando, posteriormente, lo echaron de la radio
por su postura respecto a los protocolos sanitarios en pandemia.
Asimismo, cuando el propio gobierno departamental de Canelones, con Yamandú Orsi a la cabeza, mandó a
fiscalía a Federico Leicht por decir que su gobierno es comunista tampoco emitió comentario.
En fin: en criollo, toda su vida fue un alcahuete del sistema y recién hoy se
entera del tema.
La verdad es que la libertad de expresión no se consigue solo con democracia, sino con un libre mercado de ideas. Este ataque sistemático no es obra de un partido específico como el Frente Amplio, sino de un sistema intrínsecamente corporativista y oligopólico donde el cambio parece una utopía.
Los medios uruguayos han caído en una suerte de prebendalismo mediático. Su
economía, así como la de sus anunciantes —en gran medida empresas también prebendarias— están reguladas por el gobierno de turno.








