Por un lado, la militancia de base del Partido Comunista, con la cara pintada de rojo y el puño en alto, grafiteando Montevideo de punta a punta con consignas antiimperialistas: “Yankee go home”, “Fuera bases yanquis”, “Nimitz = imperialismo”. Por el otro, los mismos que mandaron a pintar sabían perfectamente que Yamandú Orsi ya tenía agendada su visita al portaaviones USS Nimitz, el buque insignia de la flota imperialista que tanto detestan en los discursos.
Y aquí viene lo mejor: no hay hipótesis posible de que Abdala no haya sabido. Ninguna. Cero. Ni siquiera la más ingenua. Porque esto no se decide en una reunión de barrio ni se filtra por WhatsApp de militante. Esto se decide en la cúpula, con agenda presidencial y protocolo de Estado. Abdala lo sabía. Orsi lo sabía. Todo el aparato del PCU lo sabía. Y aun así dejaron que los pibes salieran a la calle a hacer el ridículo con aerosol y escalera.
Se les rieron en la cara. Se rieron mientras los zurditos sudaban la gota gorda subiéndose a los muros de la Rambla, del centro, de los barrios, creyendo que estaban librando la gran batalla antiyanqui. Se rieron cuando los pibes se jugaban multas, detenciones y vergüenza pública por una causa que los propios jefes ya habían vendido por un paseo en helicóptero y una foto con uniforme de gala norteamericano.
Esto no es torpeza. Esto es cinismo de manual. Es el clásico doble discurso del Frente Amplio elevado a la enésima potencia: de día gritan “¡Abajo el imperio!”, de noche se suben al portaaviones del imperio. Y mientras tanto, la militancia de base, la que realmente cree, la que no tiene avión privado ni invitación a la Casa Blanca, queda como idiota útil del relato.
Pero hay una capa más. Una que lo hace todavía más nauseabundo.
Porque el PCU no solo sabía. También tenía razones muy concretas para quedarse callado. Mientras los pibes pintaban las paredes, la conducción del partido cargaba con un peso bastante más incómodo que la visita al Nimitz: la CIA y el FBI ya operan en Caracas, desarmando las redes de corrupción que durante años conectaron a la izquierda regional con el régimen venezolano. Esas redes no son abstractas. Tienen nombres, tienen cuentas, tienen gente que conoce gente. Y esa gente, en más de un caso, habla español rioplatense.
Entonces el antiimperialismo, de repente, tiene un precio demasiado alto. Protestar contra el Nimitz cuando los yanquis ya están revisando archivos en Caracas es, digamos, inconveniente. Mejor mandar a los pibes a pintar y guardar silencio. Mejor dejar que la base se desgaste en la calle mientras la cúpula cuida sus propios flancos.








