La opinión de Fernando Doti Tori.
¿Cuántas veces hemos escuchado la frase de que “El Estado somos todos”?.
Parecería que somos parte de una gran familia, en donde todo es de todos y en donde todos, tenemos la misma participación e incidencia.
Pero a poco que se lo analice, se advertirá que ello no es así. Uno de los mayores sociólogos del siglo XX, Max Weber, definía al Estado como “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama para sí el monopolio de la violencia física legítima.
Lo específico de nuestro tiempo es que a todas las demás asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida en que el Estado lo permite.
El Estado es la única fuente del “derecho” a la violencia.” A partir de esta definición, advertimos que el diferencial que define al Estado, es el uso de la violencia.
Violencia que se utiliza en defensa de un supuesto interés general o voluntad general, como si ésta existiera en una forma diferente a la voluntad de cada uno de los individuos que la conforman.
De modo que, el Estado no somos todos, sino un conjunto de burócratas que toman decisiones que afectan nuestras vidas, decisiones que, nos son impuestas por la fuerza.
El hecho de que el Estado no seamos todos, lo prueba la propia Constitución de la República: ¿a santo de qué sino, el reconocimiento y la protección de los derechos inherentes al individuo, de vida, libertad, propiedad, seguridad, etc.?.
¿Protección ante quién? Pues frente al Estado, claro está. De modo que, la afirmación citada es un mito, una fabulación, carente de realismo.








