Incluso los revolucionarios franceses, que eligieron la célebre tríada de Libertad, Igualdad y Fraternidad, pusieron a la libertad primero. Porque sin ella, todo lo demás se convierte en opresión. No nos dejemos engañar. Poner cualquier cosa por delante de la libertad es destruirla. Y ni Cervantes, ni Artigas, ni Lavalleja habrían permitido algo semejante.
Hoy, la libertad individual está bajo ataque más que nunca. Tras la caída del Muro de Berlín, la izquierda derrotada se transfiguró en movimientos de "derechos", tratando de imponernos igualdad por encima de la libertad. Pero no somos los únicos en resistir. En Estados Unidos resurgió el lema de hace 200 años: "Don’t Tread on Me" (No me pises). En Argentina, el grito "¡Viva la Libertad, carajo!" se convirtió en una bandera de rebeldía frente a la burocracia y la nivelación para abajo.
Y nosotros, los uruguayos, llevamos 200 años defendiendo la libertad. Rodeados, claro, de enemigos: los Civila, que sueñan con una sociedad sin clases, una pesadilla con los actuales medios de control social; o los Korseniak, que quieren imponer su "igualdad" antes de dejarnos ser libres. No se lo permitiremos. Todo el discurso igualitario es un desprecio a la libertad.
El lema Libertad o Muerte no es solo una declaración de principios: es una advertencia. Estamos dispuestos a morir por defenderla. Y al que intente arrebatárnosla o imponer su definición, que venga confesado. Con la libertad no se juega.
Este domingo, más allá de las consideraciones económicas o sociales, estamos ante una encrucijada filosófica. De un lado, los que privilegian la libertad. Del otro, los que prometen igualdad, pero al precio de quitártela. El Himno Nacional dice que el grito de libertad a nuestros valientes en el combate los llenó de entusiasmo sublime y que en el próximo combate gritaremos libertad y que muriendo también gritaremos libertad.
Este domingo, votemos con fuerza y digamos alto y claro: ¡Libertad!. Porque ese grito a la patria salvó y, sin duda, la salvará otra vez.