Ministerio de Justicia: Más Estado, menos Justicia

Ministerio de Justicia: Más Estado, menos Justicia
porFernando Doti
Política

El planteado Ministerio de Justicia solo aumentará el aparato burocrático del Estado, y restará recursos y potestades al Poder Judicial.


El presidente de la República anunció la intención de crear un ministerio de justicia y derechos humanos en nuestro país. Algunos meses atrás, el hoy prosecretario de Presidencia, Jorge Díaz, defendió la creación del referido ministerio, entendiendo que esto sería “clave para la institucionalidad del país”. Pero, la pregunta que debemos hacernos, es si realmente necesitamos más Estado para tener más justicia. Muchas veces, lo que la política presenta como una solución, termina siendo parte del problema o agravándolo, algo a lo que estamos acostumbrados desde hace décadas.

El verdadero problema del sistema judicial no es ministerial, tenemos procesos largos, saturación de expedientes en los juzgados, falta de presupuesto (de todos modos esto no constituye una solución en sí misma justo es decirlo, puesto que hay sobrados ejemplos de que una mayor asignación de recursos ha sido irrelevante a la hora de la mejora del servicio, tal el caso de la educación y la policía) algunos en los que se violenta la igualdad ante la ley, tenemos exceso de regulaciones que hacen que cumplir la ley sea una tarea dantesca y que deriva en que los jueces, se transformen de hecho y sin quererlo, en agentes burocráticos de control de los mandatos del ejecutivo y parlamento, en lugar de cumplir la enorme y vital función de impartir justicia, es decir, de dar a cada uno lo suyo.

Pero el problema que tenemos no se corrige con más burocracia.

La idea del gobierno es crear un nuevo ministerio que coordine las políticas vinculadas a la justicia, derechos humanos, sistema penitenciario, defensoría pública y acceso a la justicia entre otros, dado que existen múltiples organismos dispersos y ello genera ineficiencias. En otros términos, una suerte de organismo rector que sea una síntesis de lo que está disperso y pueda otorgar uniformidad de acción.

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Se alega también, que todos los países del Mercosur tienen un Ministerio de Justicia, y que Uruguay debería “modernizar su institucionalidad”. Ahora bien, que algo exista en otros países no significa que sea una buena idea. Muchos países vecinos tienen controles de precios, regulaciones, empresas publicas deificitarias, sistemas jubilatorios fallidos y eso no significa que debamos copiarlos.

En el Uruguay en los últimos cuarenta años, se han creado en cada gobierno que ha pasado, nuevos ministerios: Ministerio de Turismo, de Vivienda, de Desarrollo Social, de Medio Ambiente, y ahora el de justicia y derechos humanos. El tamaño del Estado no ha parado de crecer desde la reapertura democrática, y ello no es gratis, tiene una directa repercusión en el bolsillo de la gente, porque se consume capital del único sector que genera riqueza, que es el privado, para financiar este gasto que no ha servido y no sirve para nada. Y el ministerio de justicia no es la excepción.

El problema de la falta de coordinación que se argumenta como justificativo de su creación es precisamente creada por el exceso de burocracia, que genera más regulaciones, más mecanismos de control, más gasto y que finalmente genera nuevas deficiencias y nuevos problemas que nos llevan al punto de partida.

Cada vez que se crea un nuevo ministerio y una nueva repartición pública, por más que sea “provisorio” viene para quedarse, es lo más parecido a la vida eterna que usted verá en la tierra. Así pasó con el Mides, así pasó con los jornales solidarios del gobierno pasado.

Hay otro punto todavía más delicado, que tiene que ver con la separación de poderes. Si bien la creación de un ministerio no sustituirá la labor jurisdiccional del Poder Judicial (es decir la labor de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado), la creación de un ministerio de justicia, se presta para pensar mal, puesto que, se prestaría o aumentaría la influencia política sobre el sistema judicial. Esto genera un riesgo muy claro de politizar la justicia. Y la justicia politizada es el principio del fin del Estado de Derecho.

Resulta curioso que ahora, los multicolores se opongan a la creación de este ministerio, cuando en sus respectivos programas de gobierno figuraba expresamente la creación de un ministerio de justicia y derechos humanos. Así pues, en el programa del Partido Nacional se preveía la “Creación de un ministerio de justicia y derechos humanos, que permita centralizar y coordinar mejor las políticas de justicia y derechos humanos, lo que puede mejorar la eficiencia y efectividad del sistema”. Por su parte, en el del Partido Colorado, en el punto 6. de su programa, denominado “Funcionamiento judicial”, preveía específicamente la “Creación de un Ministerio Justicia y Derechos Humanos”.

Pero la prueba del nueve de que la creación de este ministerio es nefasta para la república, surge del argumento esgrimido actualmente para la antedicha oposición: no les merece confianza la persona que muy probablemente sería el ministerio de dicha cartera, el Dr. Diaz. Vale decir, más importante que el marco institucional es el soporte humano del mismo. En otros términos, se pone en evidencia que, quien encabece el ministerio puede influenciar negativamente la labor jurisdiccional, ergo, la institucionalidad no es para ellos un refugio de garantías, sino un traje a medida que solo están dispuestos a confeccionar si el sastre es de su agrado.

Hay un patrón que se repite a lo largo de la historia en este bendito país. Cuando algo no funciona, la respuesta del sistema político es siempre la misma, crean una nueva agencia, un nuevo ministerio, un nuevo organismo, y así agrandan la agencia de empleo para colocar a sus amigos, familiares y militantes.

Pero el Estado no se corrige agrandándolo. Los liberales lo sabemos desde hace siglos. El problema del Estado moderno no es su debilidad o su ineficiencia, es su expansión permanente que empobrece a la gente. La justicia va a mejorar cuando las leyes sean claras e iguales para todos, los procesos sean ágiles y el Estado deje de intervenir en todo.

Por ello, es necesario recordar algo fundamental: El poder político siempre tiende a expandirse y, por lo tanto, el costo de nuestra libertad es su eterna vigilancia.


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