Apenas se confirmó la muerte de José “Pepe” Mujica, los principales dirigentes políticos del Uruguay, de izquierda a centro, comenzaron una competencia olímpica de elogios póstumos. El expresidente, exsenador, exlíder tupamaro, fue despedido con palabras que lo elevaban al panteón de los héroes nacionales. Y así, entre lágrimas televisadas, tuits protocolares y coronas de flores bien regadas por fondos públicos, se ofició el funeral no solo de un hombre, sino del último atisbo de honestidad política.
La clase dirigente se rindió a un consenso socialdemócrata tan forzado como predecible. Mujica, que en su juventud atracaba bancos y secuestraba diplomáticos en nombre de la revolución, se convirtió en un ícono pop. No por sus ideas, ni por sus políticas, sino por su aura de "sabio de la chacra" y sus frases masticadas de filosofía barata.
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Hipocresía institucionalizada: ese fue el verdadero protagonista del velorio nacional. Desde los nacionalistas que antaño lo acusaban de socavar la democracia, hasta los centristas que nunca compartieron ni su historia ni su visión del país, todos desfilaron ante el ataúd para pronunciar lo políticamente correcto: que Mujica fue un hombre de diálogo, un símbolo de reconciliación, una figura austera y entrañable.









