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La verdadera historia de Héctor Gutiérrez Ruiz y su pacto secreto con los Tupamaros que financió “El Debate”

La verdadera historia de Héctor Gutiérrez Ruiz y su pacto secreto con los Tupamaros que financió “El Debate”
Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michellini.
Imagen de Carlos Torres
porCarlos Torres
Política

Un mito fácilmente desmontable que sigue pululando entre los círculos de izquierda.

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Por un momento, el relato oficial parece inquebrantable. Héctor Gutiérrez Ruiz, “el Toba”, ex presidente de la Cámara de Diputados, director del diario blanco El Debate, figura emblemática del Partido Nacional, fue asesinado en Buenos Aires en mayo de 1976 junto a Zelmar Michelini y los ex tupamaros Rosario Barredo y William Whitelaw en una operación del Plan Cóndor. Un mártir de la democracia, una víctima inocente de la represión. Todo ese humo barato que repiten como loros la mayoría de miembros del sistema político actual.

Hasta que su propio hijo, Marcos Gutiérrez, levantó el velo en una entrevista de agosto de 1997 con César di Candia en Búsqueda y lo confirmó años después: detrás de la estatua de bronce había un político pragmático que, en plena efervescencia subversiva, cerró un acuerdo con el MLN-Tupamaros para salvar su periódico.

“El Debate tenía un desfinanciamiento grande y los tupamaros que se habían robado el oro de Mailhos tenían dificultades lógicas para convertirlo en dinero. Hasta donde yo sé, hubo un acuerdo político por el cual mi padre les consiguió un contacto para poder vender uno o más lingotes y a cambio de eso el MLN financió un tiempo El Debate”, relató Marcos Gutiérrez con la crudeza de quien no necesita filtros para contar la historia familiar.

El robo de Mailhos —aquel “robo del siglo” de la noche del 4 al 5 de abril de 1970— no fue un detalle menor. Un comando tupamaro irrumpió en la residencia/oficinas de Luis Eduardo Mailhos en la avenida 8 de Octubre y se llevó una caja fuerte con 240 kilos de oro en libras esterlinas y lingotes, además de millones en efectivo. Un botín que, en plena clandestinidad, resultaba tan explosivo como inútil si no se podía blanquear.

Los guerrilleros necesitaban contactos en el mundo “legal” para convertir ese oro en efectivo sin levantar sospechas. Y Gutiérrez Ruiz, director de uno de los diarios más influyentes del herrerismo, tenía esos contactos.

No fue un acto de caridad ni de ingenuidad. Fue un acuerdo político explícito. El blanco les facilitó la operación a los sediciosos y, a cambio, el MLN inyectó fondos a El Debate, que navegaba en aguas financieras turbulentas. Conversaciones previas con tupamaros —y también con militares, según el propio Marcos— formaban parte de un juego de doble fondo que muchos políticos de la época practicaban con naturalidad. No era ideología pura; era supervivencia y poder.

Federico Leicht, en sus investigaciones sobre la época basadas en documentos desclasificados del Departamento de Estado de EE.UU., va más allá y desmonta la imagen de Gutiérrez Ruiz como simple interlocutor financiero. Según un documento de la embajada estadounidense en Montevideo de fecha 18 de junio de 1976 (al que accedió el programa Informe Nacional de Radio Uruguay y que Leicht ha citado), el entonces diputado proporcionó al MLN-T información clave que se usó en el secuestro de diplomáticos estadounidenses en Montevideo (como los casos de Dan Mitrione y Claude Fly en 1970). No era solo un facilitador de lingotes: era un actor que, desde el Parlamento y la prensa, tejía hilos con la subversión armada mientras públicamente mantenía la fachada de demócrata irreprochable.

Álvaro Alfonso, en libros como Jugando a las escondidas. Conversaciones secretas entre tupamaros y militares (2004) y Los dos demonios (2012), ha documentado con precisión quirúrgica esta realidad que la memoria oficial prefiere enterrar: la de los pactos en las sombras entre civiles, tupamaros y militares. Alfonso muestra que la violencia de los años 60 y 70 no fue un choque entre ángeles y demonios, sino un lodazal donde todos chapoteaban.

Civiles como Gutiérrez Ruiz no eran meros espectadores; participaban en el juego sucio de la época, negociando con quienes ponían bombas y secuestraban mientras el país se desangraba. Los “dos demonios” no actuaban en compartimentos estancos: había vasos comunicantes, conversaciones secretas, financiamientos cruzados y traiciones cruzadas.

Alfonso lo dice sin eufemismos: la historia reciente de Uruguay está llena de estos acuerdos que hoy nadie quiere recordar porque rompen el relato cómodo de víctimas unilaterales.

Gutiérrez Ruiz terminó asesinado por las mismas fuerzas que él mismo había ayudado a legitimar con su silencio o sus pactos. Ironía trágica del destino. Pero su muerte no borra los hechos. El oro de Mailhos, los lingotes vendidos gracias a su contacto y el dinero tupamaro que mantuvo vivo El Debate durante un tiempo forman parte de la verdadera historia.

No la que se cuenta en los homenajes parlamentarios ni en las marchas del 20 de mayo, sino la que revelan los hijos, los documentos desclasificados y los investigadores que se atreven a hurgar donde duele.

Porque la memoria no puede ser selectiva. Si se llora a las víctimas, hay que contar también cómo algunos de ellos jugaron a dos puntas con los que después los matarían.

Héctor Gutiérrez Ruiz no fue un mártir. Fue un político uruguayo de los turbulentos años 70: capaz de negociar con tupamaros para salvar su diario mientras el país ardía. Esa es la verdad incómoda. Y es la única que merece contarse.


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