Otra vez. Otro video que no deja lugar a dudas. Inspectores de tránsito de la Intendencia de Canelones, esos mismos que se hacen los duros con el celular en la mano y la libreta de multas lista, fueron filmados impidiendo a un hombre común y corriente el uso de su propio auto. No era un delincuente. No era un ebrio. Era un trabajador que, como miles, intenta ganarse la vida honradamente con su vehículo. Y ahí estaban ellos: los “funcionarios públicos” convertidos en verdugos selectivos, cortándole el camino como si el auto fuera propiedad de la comuna.
El video, que ya se viralizó en todo el país, es la prueba irrefutable de lo que muchos venimos denunciando hace años: la Intendencia de Canelones actúa como un verdadero aparato de extorsión selectiva. Mientras deja que cardúmenes enteros de motos invadan las rutas y avenidas sin casco, haciendo picadas, zigzagueando entre autos y poniendo en riesgo la vida de todo el mundo, sus inspectores se lanzan como lobos sobre el que intenta trabajar con Uber o cualquier otra aplicación. ¿Por qué? Porque los taxis del aeropuerto mandan. Porque el lobby es más fuerte que la ley. Porque en Canelones la Intendencia no defiende al pueblo: defiende los privilegios de unos pocos.
Es una vergüenza nacional. La misma intendencia que cobra impuestos altísimos a los contribuyentes, que se llena la boca hablando de “seguridad vial”, es la primera en mirar para otro lado cuando se trata de las motos. ¿Cuántos operativos masivos contra las bandas de motociclistas sin patente, sin luces, sin respeto por nadie? Cero. ¿Cuántos controles rigurosos contra los que trabajan decentemente con su auto propio? Cientos. La hipocresía es tan descarada que da asco.
Estos inspectores no son servidores públicos. Son los soldados de un sistema podrido que prefiere ahogar al trabajador independiente antes que tocar los intereses de los taxistas del Aeropuerto de Carrasco. “Los lobbies mandan en este país”, dice el pueblo con razón. Y la Intendencia de Canelones es la mejor prueba. En lugar de modernizar el transporte, en lugar de permitir que la gente pueda ganarse el pan sin pedir permiso a los caciques de turno, eligen el camino fácil: perseguir al que no tiene padrinos.








