El Estado de Derecho en Uruguay está en CTI: la jueza Iris Vega Ottonello debe renunciar hoy mismo o ser destituida

El Estado de Derecho en Uruguay está en CTI: la jueza Iris Vega Ottonello debe renunciar hoy mismo o ser destituida
Jueza Iris Vega Otonello.
porPedro Ponce De León
Sociedad

El caso Henderson no es un fallo aislado. Es la punta de lanza de una invasión ideológica que lleva años corroyendo los cimientos de la República.

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La jueza letrada Iris Vega Ottonello no cometió un “error” al inventar un hijo por “posesión socioafectiva”. Cometió un delito institucional: usurpó la soberanía popular, violó el Código Civil, pisoteó la prueba científica y convirtió el estrado en un púlpito de ingeniería social.

Este atropello ya no puede resolverse con una simple apelación. Exige una respuesta institucional inmediata: la renuncia voluntaria de la magistrada o su destitución expresa por parte del Consejo de la Judicatura y de la Suprema Corte de Justicia.

Porque lo que está en juego no es solo la herencia de Robin Henderson. Está en juego la supervivencia misma del Estado de Derecho en Uruguay.

Recordemos los hechos, que la jueza decidió ignorar como si fueran meras opiniones incómodas: las pruebas de ADN son concluyentes. Maximiliano Benjamín Sverco Morantes no es hijo biológico de Robin Henderson. Nunca lo fue. Tampoco fue adoptado conforme a la ley. Pamela Stefani Sverco, su madre, armó durante años una operación calculada de influencia sobre un anciano de 87 años, frágil y aislado. El último testamento que deshereda a los tres hijos legítimos —Alan James, Robert Lee y Lucy Henderson— huele a vicio de consentimiento y a influencia indebida. Cualquier estudiante de primer año de Derecho lo sabe. Cualquier juez honesto lo habría anulado.

Pero Iris Vega Ottonello no es una juez honesta. Es una militante con toga.

En su sentencia elevó el “afecto” y el “vínculo socioafectivo” por encima de la biología, por encima del testamento, por encima de la ley escrita y por encima de la verdad objetiva. Escribió, con una cursilería que avergüenza a la judicatura: “se evidenció el profundo amor paternal que te unió a Robin”. Esa frase no es un párrafo judicial. Es un manifiesto posmoderno. Es la declaración de que, para esta magistrada, la realidad es negociable cuando molesta a la narrativa emocional. Es la consagración del subjetivismo como fuente de derecho.

Y aquí viene lo grave: este no es un caso excepcional. Es la lógica inevitable de una judicatura que, desde hace años, ha decidido que su misión no es aplicar la ley, sino “transformar la sociedad”. Hemos visto sentencias que reescriben el concepto de familia, que imponen ideologías de género contra la voluntad popular, que protegen al delincuente antes que a la víctima y que ahora, con total descaro, inventan filiaciones por “cariño”. El relativismo judicial se ha convertido en doctrina oficial. Y Uruguay, que se jactaba de ser un país serio, está pagando el precio.

La protección al adulto mayor, tan cacareada por el oficialismo, se revela como una farsa. Cuando un anciano vulnerable es manipulado, la justicia mira para otro lado si el manipulador trae la bandera correcta. Los hijos biológicos, que acompañaron a su padre durante décadas, son tratados como intrusos. La codicia disfrazada de “afecto” se premia con millones. ¿Esto es justicia? No. Esto es saqueo judicial.

El daño ya está hecho. La confianza de los uruguayos en sus tribunales se ha evaporado. ¿Quién, en su sano juicio, hoy hace un testamento en Uruguay sabiendo que un juez puede anularlo con un discurso sobre “vínculos emocionales”? ¿Quién confía en que la propiedad privada y la voluntad del testador serán respetadas? Nadie.

Por eso la solución ya no puede ser solo procesal. La familia Henderson legítima apelará, y ojalá gane. Pero el problema de fondo sigue: Iris Vega Ottonello sigue siendo jueza. Sigue cobrando del erario público. Sigue teniendo poder para dictar más sentencias como esta.

¿Qué procede entonces? Las vías legales claras y constitucionales para sacarla del cargo.

En Uruguay la destitución de una jueza letrada de primera instancia como Vega Ottonello no pasa por el Parlamento (que solo puede juzgar políticamente a ministros de la Suprema Corte, no a jueces ordinarios). La Constitución (artículos 246 a 248) y la Ley Orgánica de la Judicatura establecen un camino preciso y exclusivo dentro del propio Poder Judicial:

Denuncia inmediata ante el Consejo de la Judicatura: Cualquier ciudadano, la familia Henderson o sus abogados pueden presentar una denuncia formal por violación grave de la ley, arbitrariedad manifiesta e indignidad en el ejercicio de la función. El Consejo abre un sumario administrativo, le da traslado a la jueza y emite dictamen.

Decisión final de la Suprema Corte de Justicia: La SCJ es la que tiene la potestad exclusiva de destituir por mayoría de votos. Esto ya se ha hecho en decenas de casos de jueces letrados por faltas graves.

Renuncia voluntaria: Si le queda un resto de decencia institucional, la magistrada debe presentar su renuncia hoy mismo ante la Suprema Corte y evitar el bochorno de una destitución pública.

Además, si la sentencia configura prevaricación (delito penal), cabe la vía penal ante la Fiscalía, que, de haber condena, implica automáticamente la pérdida del cargo.

Es hora de que el Poder Judicial actúe con la misma contundencia con que la magistrada actuó contra la ley. El Consejo de la Judicatura y la Suprema Corte de Justicia deben abrir de inmediato este procedimiento por manifiesta indignidad, por violación grosera de la Constitución y del Código Civil, y por el ejercicio arbitrario de la función pública.

No se trata de “persecución política”. Se trata de defender la República. Cuando un juez sustituye la ley por su ideología, la democracia se convierte en oligarquía togada. Y Uruguay ya tiene demasiados ejemplos de eso.

La sociedad uruguaya debe despertar. Los legisladores que aún creen en el Estado de Derecho tienen la obligación de denunciar este escándalo y exigir que el Poder Judicial cumpla con su deber. Los medios que no se han rendido al progresismo deben denunciarlo. Los ciudadanos de bien, que ven cómo se desmorona el país que heredaron, tienen que exigir que se ponga fin a esta farsa presentando las denuncias formales que correspondan.

Iris Vega Ottonello no puede seguir siendo jueza. Su permanencia en el cargo es una afrenta diaria al pueblo uruguayo. Su sentencia no es un error: es una declaración de guerra al principio de legalidad.

Que renuncie. O que la destituyan por las vías que la propia Constitución y la ley establecen. Pero que se vaya. Ya.

Antes de que el Estado de Derecho termine de agonizar en una sala de audiencias de Montevideo.


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