Observadores independientes señalan casi a diario prácticas periodísticamente dudosas en los medios estatales alemanes: intentos de manipulación, reportajes unilaterales, entrevistas callejeras con 'casuales' encuestados parciales y mucho más. Ya a principios de 2023, sólo tres de cada diez alemanes creían en la imparcialidad de los medios públicos. El descontento de la población crece cada vez más y casi nadie considera que es posible reformar a los medios públicos si se los sigue concibiendo tal como se los concibe hasta este momento.
En contraste, los periodistas y directivos de estas instituciones gozan de salarios más que generosos que se alejan de la media del mercado y esto molesta a los trabajadores comunes. Todo esto se financia con unos 20 euros mensuales en cuotas obligatorias que cada hogar debe pagar, consuma o no los medios públicos. Así, el Estado dispone de unos 8.000 millones de euros, una cifra superior a la de cualquier otro país del mundo. Para comparar: el presupuesto total de la BBC es de 5.700 millones. Aun así, los representantes de los medios públicos siguen pidiendo más dinero y altas pensiones que cargan aún más el presupuesto.
Contrario a la idea original y a pesar de los enormes recursos financieros, el panorama de los medios públicos en Alemania sufre de una falta crónica de pluralismo. Esto lo demuestra un caso que actualmente causa revuelo: la periodista Julia Ruhs fue víctima de una auténtica caza de brujas política dentro del Norddeutscher Rundfunk (NDR), la empresa pública de radio y televisión con sede en Hamburgo de que presta servicios en algunos estados alemanes.

¿Su 'delito'? Formular preguntas incómodas y atreverse a criticar dogmas de izquierda: la doble moral del feminismo moderno, la manipulación a través del lenguaje inclusivo y la falta de perspectivas diversas en la radiodifusión pública. Que se atreviera a decir que “no todos los problemas sociales se pueden explicar con el relato de género" o que 'el periodismo no debe convertirse en un activismo disfrazado”, fue suficiente para desatar la ira de quienes controlan la narrativa mediática.
El resultado: Ruhs fue retirada de su programa 'Klar', apartada de sus funciones y finalmente obligada a abandonar el NDR. Como pretexto se alegó una supuesta 'pérdida de confianza' con su superior, además de la firma de más de 250 colegas que presionaron a los responsables para despedirla únicamente por su postura política. En realidad, se trató de una acción de cancelación coordinada. Como dijo la propia Ruhs: “Mis jefes no tuvieron el valor de resistir la presión interna. Querían deshacerse de mí”. En otras palabras: no se trató de un error administrativo, sino de una purga ideológica.










