No recuerdo una ley más importante en términos de cantidad de gente beneficiada. Y no hablo del impacto macroeconómico que va a generar cuando el ahorro deje de esconderse y vuelva a circular. Hablo de algo más profundo: una reparación histórica.
Durante años te empobrecieron con inflación, te prohibieron ahorrar en dólares, te asfixiaron con impuestos y te persiguieron si tu patrimonio crecía. El mensaje era claro: progresar estaba mal. Ese delirio persecutorio llegó a su fin.
La Ley de Inocencia Fiscal no es un tecnicismo tributario. Es la mayor revolución fiscal de la historia argentina y una señal cultural contundente. El Estado deja de tratarte como un delincuente por defecto.
Por eso no es un detalle menor que el Banco Nación, con más de 700 sucursales y canales digitales, esté listo para atender a quienes quieran disponer de sus ahorros. Los bancos volvieron a ser bancos: intermediarios del ahorro y la inversión, no comisarios del partido del Estado.
Se terminó la época en la que el sistema financiero era una extensión del aparato de control político. Hoy vuelve a estar al servicio de la gente. La Inocencia Fiscal recompone el vínculo ahorro-inversión, una condición básica para crecer. Pero, sobre todo, marca un quiebre: la Argentina vuelve a abrazar la libertad tributaria y la presunción de inocencia.









