La noticia no es la captura de Nicolás Maduro. La noticia es la liberación de Venezuela. Todo lo demás es ruido, llanto ideológico y contorsión moral. Millones de venezolanos celebran el fin de una de las dictaduras más brutales del siglo XXI, mientras desde las cómodas democracias occidentales una izquierda terminal entra en estado de shock por la caída de unos de sus últimos tótems regionales. Dicen amar la democracia, pero se desesperan cuando un pueblo festeja su libertad. Esa contradicción no es nueva: es estructural, constitutiva de una cosmovisión que nunca puso a las personas por delante del poder.
Durante años justificaron lo injustificable. Miraron para otro lado mientras Maduro robaba elecciones, reprimía protestas, secuestraba opositores, torturaba disidentes y convertía a Venezuela en un Estado fallido gobernado por el narcotráfico. Ocho millones de exiliados no fueron suficientes para conmoverlos. El empobrecimiento de casi toda la población tampoco. La destrucción del aparato productivo, el colapso sanitario y el hambre sistemática no alcanzaron. El límite, para ellos, no fue la dictadura: fue su final.
De repente florecieron expertos en “derecho internacional”. Juristas de Twitter, catedráticos instantáneos, defensores de una soberanía selectiva que solo se invoca cuando cae un régimen amigo. ¿Dónde estaban cuando se violaban de manera sistemática los derechos humanos en Venezuela? ¿Dónde estaban cuando se cerraban medios, se encarcelaba a opositores, se torturaba en centros clandestinos y se falseaban elecciones? Tuvieron dos décadas para invocar cartas, doctrinas y principios. Callaron. Porque no era ignorancia: era complicidad ideológica.
Por eso el kirchnerismo y sus franquicias locales no decepcionan. Condenan con indignación la acción que puso fin a un narco-régimen, pero jamás condenaron con la misma vehemencia al régimen mismo. Kicillof habla de paz, no intervención y soberanía, mientras en los hechos avala a una dictadura criminal. El Frente Renovador y el Partido Justicialista repiten el libreto gastado: la democracia no se impone por la fuerza. Curiosa teoría, sostenida durante años para encubrir tiranías amigas. Nunca para defender a los pueblos sometidos.
Maduro mató, secuestró, torturó, reprimió, desapareció personas, robó elecciones y expulsó a millones de seres humanos de su país. Pero para Cristina Kirchner y el progresismo regional, el verdadero problema fue que Estados Unidos lo capturó y puso fin a su impunidad. Esa es la jerarquía moral del socialismo del siglo XXI: el dictador puede hacerlo todo, menos caer. El crimen se tolera; la derrota, jamás.








