Durante años, los argentinos vivimos en una cárcel invisible. Un sistema diseñado para que el fruto del trabajo honesto terminara en manos de burócratas y mafias enquistadas en el Estado. Hasta hace poco, si eras freelancer y querías cobrar en dólares, te encontrabas con el cepo criminal de no poder disponer de tu propio ingreso, debiendo inventar mil maniobras para esquivar al partido del saqueo. Esa Argentina era la que el kirchnerismo nos legó: una máquina de empobrecimiento y humillación. Hoy, bajo la conducción de Javier Milei, esas cadenas comienzan a romperse. El cepo a los freelancers quedó atrás.
También el campo respira aliviado. La eliminación de las retenciones, una promesa de campaña que parecía inalcanzable, hoy es una realidad. Esa misma lógica de cumplir lo prometido se refleja en la presentación del Presupuesto 2026, donde el Gobierno marca un rumbo claro: una baja de impuestos equivalente a 1,2 puntos del PBI. Porque entiende lo que la izquierda jamás comprendió: no hay reducción de impuestos sin reducción del gasto, y no hay reducción del gasto sin equilibrio fiscal sostenido como política de Estado, sin atajos ni populismo.
Y esa decisión de mantener el equilibrio fiscal ya empieza a mostrar frutos: En agosto, el consumo masivo creció un 4% interanual, el e-commerce explotó con un 13,3% de aumento, las exportaciones de energía treparon un 40,6% y la balanza comercial energética acumula más de 4.500 millones de dólares. ¿Qué significa esto? Que la Argentina productiva está de pie, a pesar de los palos en la rueda que la casta intenta poner cada día.

Porque el “partido del estado” no es que quiera voltear a Milei: quieren voltear al país. Buscan reinstalar su modelo de pobreza, mafia y violencia, el mismo que nos condenó durante décadas al subdesarrollo. Los kirchneristas lloran por los pobres, pero hicieron del clientelismo una fábrica de miseria. Lloran por los discapacitados, pero crearon un millón de certificados truchos para seguir robando. Lloran por los jubilados, pero les pagaban 80 dólares de miseria mientras ellos vivían como jeques. Lloran por las reservas, pero dejaron un Banco Central en ruinas.








