La violencia registrada en la sede de Uocra Córdoba no fue un hecho aislado. Ocho detenidos, un policía herido y destrozos en plena capital provincial. El episodio es la muestra más cruda de un sindicalismo que se aferra a viejas prácticas para sostener poder.
Durante décadas, las organizaciones gremiales vivieron cómodas en su rol de árbitros absolutos. Supieron moverse en un sistema que les garantizaba caja, fueros y capacidad de presión. Hoy, frente a un escenario que exige apertura y modernización, el miedo los empuja al conflicto.
Lo sucedido en Córdoba no es otra cosa que el reflejo de ese temor. La pérdida de legitimidad ante los propios trabajadores abre grietas que derivan en violencia. Un sindicalismo sin respuestas se limita a defender privilegios antes que a construir soluciones.













