Lo que estamos viendo no es, entonces, una elección libre y espontánea de los consumidores. Es una respuesta racional a señales de precios fuertemente alteradas por la intervención estatal. El monopolio obliga a los uruguayos a inclinarse por los eléctricos no porque sean superiores en todos los escenarios, sino porque el Estado ha hecho prohibitivamente caro el camino alternativo. Si mañana se eliminara ese monopolio y se permitiera la libre importación y competencia en combustibles —como sucede en países vecinos donde la nafta es notablemente más accesible—, muchas familias reevaluarían las opciones a combustión o híbridas sin la penalización actual. El porcentaje de eléctricos bajaría, no por rechazo a la tecnología en sí, sino porque la decisión volvería a basarse en preferencias genuinas y no en una coerción indirecta a través de precios inflados.
Esto pone en evidencia una verdad incómoda: el boom de los eléctricos está siendo impulsado, en buena medida, por el altísimo costo que ANCAP impone a los combustibles fósiles. Lejos de ser un progreso orgánico del mercado, es el fruto de la falta de libertad en un sector estratégico. Mientras ese monopolio se mantenga, las ventas de eléctricos seguirán subiendo, pero a expensas de una menor libertad de elección para los uruguayos y de una asignación de recursos que no responde del todo a la eficiencia ni a las necesidades reales de la sociedad.
Uruguay cuenta con una matriz energética limpia y renovable que le da una ventaja comparativa enorme para la movilidad eléctrica. Pero para que esa ventaja se traduzca en un liderazgo auténtico y sostenible, el primer paso debería ser desmantelar las barreras estatales que hoy fuerzan la transición en lugar de dejar que surja naturalmente de la competencia y la iniciativa privada. Solo entonces el casi 40% de eléctricos sería un logro verdadero, y no una simple huida de un mercado de combustibles artificialmente encarecido.