Cuando Yamandú Orsi ganó las elecciones en Uruguay, una militante de izquierda no pudo contener la euforia. “Hoy es un mal día para ser facho”, declaró en televisión abierta, celebrando en vivo lo que para ella representaba el triunfo del proyecto que había defendido con pasión. Era el clásico chascarrillo de quien siente que la historia, por fin, le sonríe.
Meses después, la misma militante tomó una decisión que pocos esperaban: hizo las valijas y se mudó a la Argentina de Javier Milei.
Sí, a esa Argentina. La que está aplicando reformas de libre mercado, recortando gasto público, desregulando y abriendo la economía. La que, según los números que ya empiezan a asomar, está generando empleo privado, atrayendo inversión y devolviendo oportunidades a quienes estaban hartos de estancamiento. La que, para muchos uruguayos del otro lado del río, se está convirtiendo en el lugar donde “se puede”.
Y aquí viene lo irónico, pero sin maldad: la chica que festejó en TV el “mal día para ser facho” decidió, en la práctica, irse a vivir al país que la izquierda regional describe como “el paraíso de los fachos”. No huyó de un gobierno de derecha; huyó de un Uruguay que, bajo el sello del Frente Amplio, ella misma ayudó a consolidar. Se fue del país que prometía “más Estado, más inclusión, más derechos” y eligió el que está apostando todo a la libertad económica, la baja de impuestos y la reducción del aparato estatal.
Y lo más interesante: no la vamos a atacar por eso. Al contrario.
Porque tomar la decisión de emigrar no es fácil. Implica reconocer, aunque sea en silencio, que el modelo que uno defendió no le está dando la vida que quiere. Implica dejar atrás amigos, familia, costumbres y un proyecto político al que le dedicó años. Y sobre todo, implica apostar por un país que está en pleno proceso de cambio, con sus dolores, sus ajustes y sus incertidumbres, pero también con su promesa de futuro.








