Quien llena el tanque en una estación de servicio uruguaya no solo paga por el litro de nafta. Paga, sobre todo, por la decisión colectiva de que casi la mitad de ese precio se convierta en impuestos: IMESI, IVA al 22 %, tasa de CO₂ y una constelación de gravámenes menores que, sumados, convierten el surtidor en uno de los más caros de América Latina. El resultado es previsible y, a la vez, paradójico: un salario mínimo que figura entre los más elevados de la región termina comprando apenas cuatrocientos cuarenta litros de nafta al mes. En Estados Unidos, ese mismo salario —ajustado a su contexto— adquiere más de cinco mil litros. En Chile, setecientos doce. En Canadá, más del doble. La diferencia no reside en la calidad del combustible ni en la distancia al pozo petrolero. Reside en la arquitectura fiscal que, con la mejor de las intenciones, termina castigando al que más necesita moverse.
Lo que se ve es la recaudación que financia rutas, hospitales y subsidios. Lo que no se ve es el gasto privado que nunca se produjo. Cada peso que el Estado extrae del surtidor es un peso que deja de circular en la economía real. El transportista que paga un 45 % más por kilómetro traslada ese costo al precio del pan, de la carne, de la leche. El trabajador que reduce sus desplazamientos limita sus oportunidades laborales. El pequeño empresario que posterga la compra de una furgoneta frena la contratación de un empleado. La nafta no es solo combustible; es el lubricante de la movilidad social. Cuando se encarece artificialmente, la máquina entera se ralentiza.










