El enorme peso del aparato estatal conspira contra el crecimiento económico y contra la prosperidad.
El Presupuesto Nacional 2025-2029 fue presentado con un optimismo que, como siempre, depende de variables que el Estado no controla: el crecimiento real de la economía. Ese documento oficial asume una trayectoria de expansión que permite financiar un gasto público creciente sin tocar demasiado el bolsillo del que realmente produce. Pero ¿qué pasa si la realidad —como suele ocurrir— es más terca que los cuadros de Excel del Ministerio de Economía?
La respuesta es tan clara como incómoda: una depredación estatal mayor sobre el sector privado. Hoy, según las mediciones más honestas de presión fiscal efectiva y apropiación de recursos (impuestos directos, indirectos, contribuciones a la seguridad social, regulaciones que funcionan como impuestos encubiertos y gasto público financiado con deuda futura), el Estado ya se lleva aproximadamente el 54 % del producto bruto privado. Sí, leyeron bien: de cada 100 pesos que genera el sector privado uruguayo, el aparato estatal se apropia 54. El resto es lo que queda para invertir, pagar salarios reales, innovar y, en definitiva, crecer.
Imaginemos ahora que el crecimiento real del PIB queda por debajo de lo proyectado en el Presupuesto. Las recaudaciones caen. El gasto —que ya viene comprometido en sueldos públicos, jubilaciones indexadas, transferencias y obras— no baja mágicamente. ¿Qué hace entonces el Estado? Exactamente lo que ha hecho siempre cuando las cuentas no cierran: sube la presión sobre el único sector que genera riqueza neta.
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Eso se traduce en:
- Aumentos de impuestos (ya sea subiendo tasas, eliminando exoneraciones o creando nuevos “impuestos solidarios”).
- Mayor emisión de deuda que luego se pagará con más impuestos futuros.
- Regulaciones más asfixiantes que encarecen la actividad privada (licencias, controles, costos laborales).
- Recortes disfrazados en inversión pública que, en la práctica, terminan trasladándose como mayor carga al contribuyente.
El resultado es un círculo vicioso perverso: menos crecimiento menos recaudación más depredación aún menos crecimiento. Y el sector privado, que ya soporta el 54 % de carga, termina financiando el festín de un Estado que crece más rápido que la economía que lo sostiene.
No es alarmismo. Es aritmética elemental. El Presupuesto 2025-2029 está construido sobre la premisa de que el sector privado seguirá siendo la vaca lechera dispuesta a dar más leche cada vez que el ordeñe estatal lo necesite. Pero las vacas, cuando se las ordeña demasiado, dejan de producir… o directamente se mueren.
Uruguay tiene hoy una oportunidad histórica: el sector privado aún genera riqueza a pesar de la carga. Pero si el crecimiento real decepciona —y las señales externas (precios de commodities, tasas internacionales, incertidumbre regional) no ayudan— la tentación estatista será subir aún más ese 54 %. Ya lo hemos visto antes: cada vez que la economía se frena, el primer reflejo es “que pague más el que produce”.
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La única salida responsable no es ajustar el Presupuesto sobre papel. Es reducir estructuralmente el tamaño del Estado, bajar la carga sobre el sector privado y dejar que el 46 % que hoy queda en manos de quienes arriesgan su capital sea mayor. Porque si no, el 54 % se convertirá en 58 %, luego en 62 %… y algún día nos despertaremos preguntándonos dónde quedó el Uruguay que alguna vez supo crecer sin depredar a sus propios creadores de riqueza.
El crecimiento no es un número en un cuadro del MEF. Es la única forma real de reducir la depredación estatal. Si cae por debajo de lo proyectado, el precio lo pagará —como siempre— el sector privado.
Y esta vez, con un 54 % de carga ya encima, el margen para seguir apretando es peligrosamente estrecho.