La mentira del aumento salarial para engañar a incautos.
Otra vez el INE nos regala el titular que el Frente Amplio y sus voceros mediáticos van a repetir hasta el cansancio: “El salario medio creció 3,22% en enero y el salario real subió 2,28% mensual”. Suena lindo, ¿verdad? Parece que el trabajador uruguayo está ganando poder adquisitivo de golpe. Pero cuando uno mira los números con lupa y sin anestesia, la realidad es brutalmente distinta: esta suba es una farsa financiada con plata ajena y pagada, tarde o temprano, por el sector privado productivo.
Según los datos frescos del Instituto Nacional de Estadística, publicados el 27 de febrero de 2026, el Índice Medio de Salarios general registró una variación mensual del 3,22%, que coincide con la acumulada en el año, mientras que en los últimos 12 meses acumula un aumento del 5,24%. El sector público mostró un incremento nominal del 4,13% mensual, lo que se traduce en un 3,18% real, mientras que el sector privado apenas alcanzó un 2,72% nominal y un 1,79% real.
El Índice Medio de Salarios Real subió 2,28% en el mes, casi enteramente impulsado por el aporte del sector público, y el Índice Medio de Salarios Nominal creció 3,08% mensual y 5,31% interanual, el que se usa para ajustar pasividades.
Con una inf
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lación interanual alrededor del 3,46% en los últimos 12 meses, el salario real interanual queda en un modesto 1,72%. El promedio nacional del 3,22% es un engaño aritmético puro: el sector que no genera riqueza neta, que vive exclusivamente de la coacción fiscal, de la emisión y de la deuda, es el que tira del carro con fuerza, mientras que el sector que sí crea valor —el privado— crece bastante menos.
Dentro del sector público, el aumento del 4,13% se explica principalmente por los ajustes en el Gobierno Central, que tiene la incidencia más fuerte, seguido por las Empresas Públicas con un aporte del 1,10% y los Gobiernos Departamentales con un 0,31%. En el sector privado, el 2,72% viene fundamentalmente de las industrias manufactureras con una incidencia del 0,65%, el comercio al por mayor y al por menor junto con la reparación de vehículos con un 0,54%, y los servicios sociales y de salud con un 0,51%. El propio informe del INE lo reconoce entre líneas al señalar que la menor variación acumulada en varias divisiones respecto al año anterior responde a ajustes salariales inferiores a los del período previo y a la demora en la firma de las actas de la nueva ronda de los Consejos de Salarios. En otras palabras, en el privado los ajustes son más moderados porque el mercado intenta no suicidarse con aumentos insostenibles, pero el Estado fuerza el promedio hacia arriba.
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El sector público uruguayo no produce bienes ni servicios que la gente compre voluntariamente en el mercado. Sus aumentos salen de tres fuentes, todas nocivas: impuestos extraídos al sector privado —el mismo que después ve sus salarios crecer menos y carga con más presión tributaria—, emisión monetaria que actúa como impuesto oculto y afecta primero a los que están más lejos del chorro de dinero nuevo, de modo que los empleados públicos y las empresas estatales reciben los pesos frescos mientras los jubilados, los trabajadores privados y los ahorristas llegan últimos, y deuda futura que mañana se pagará con más impuestos o más inflación, y ya prevén un rebote del dólar en el primer semestre.
Por eso el “salario real” que celebra el Frente Amplio es una ilusión contable. Es como si yo me subiera el sueldo hipotecando la casa de mi vecino y luego saliera en la tele diciendo que “la economía creció”. Mañana, cuando la inflación repunte y el dólar también, como ya anticipan, ese supuesto 2,28% real mensual o el 1,72% interanual se evaporará rápido. El privado, mientras tanto, seguirá cargando con el peso de una burocracia que no para de crecer y de consumir recursos.
Los Consejos de Salarios, esa reliquia corporativista que el Frente Amplio defiende con uñas y dientes, no hacen más que rigidizar el mercado laboral y retrasar los ajustes necesarios. El 95% de las mesas ya cerraron con acuerdo, pero persisten conflictos en algunos sectores precisamente porque el mercado no da para más sin destruir empleo o competitividad.
Conclusión clara y sin anestesia: mientras el aumento del salario real dependa del sector público y lo haga de forma tan desproporcionada —3,18% real frente a 1,79% en el privado—, no es un triunfo del trabajador, es un saqueo al trabajador productivo. No es “progreso”, es parasitismo institucionalizado. No es “redistribución justa”, es la típica demagogia frenteamplista que nos venden desde hace décadas.
El único aumento salarial real y sostenible vendrá cuando liberemos al sector privado de la carga fiscal asfixiante, de la regulación interminable y de la moneda fiat manipulable. Mientras tanto, cada vez que lean “suba del salario real impulsada por el Estado”, traduzcan: “nos están cobrando más caro el espejismo”.
Y como siempre, la factura llega. Solo es cuestión de tiempo.