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¿Y si Uruguay hubiera elegido la verdadera libertad monetaria?. Una lección que el país aún no ha aprendido

¿Y si Uruguay hubiera elegido la verdadera libertad monetaria?. Una lección que el país aún no ha aprendido
Monedas
porPedro Ponce De León
Economía

La verdadera prosperidad solo se logra con más libertad económica.


¿Y si Uruguay hubiera elegido la verdadera La mayoría de la gente mira la historia económica de Uruguay y ve un país que creció bien durante décadas, exportando carne y lana, atrayendo inmigrantes, con una ubicación envidiable en el estuario del Plata. Pero pocos se detienen a preguntar por qué, a pesar de todo ese potencial, Uruguay no alcanzó en 1900 —ni se acercó— el nivel de vida de Estados Unidos o del Reino Unido. El PIB per cápita uruguayo rondaba apenas un tercio del estadounidense y quedaba notablemente por debajo del británico. ¿Fue mala suerte? ¿Fueron las guerras civiles? ¿O fue algo más profundo, algo que se repite en casi todas las naciones que no logran escapar de la mediocridad?

La respuesta está en una sola palabra: intervención. Y la forma más destructiva de intervención que existe es la que toca el dinero mismo.

Imaginemos que, en lugar de tolerar bancos con reservas fraccionarias, de permitir emisiones inflacionarias y de aceptar que el Estado interfiriera una y otra vez en el sistema bancario, Uruguay hubiera adoptado desde mediados del siglo XIX un régimen de banca libre genuina con encaje del 100%. Nada de expansión crediticia artificial. Nada de banco emisor estatal. Nada de suspensiones de pagos decretadas por el gobierno. Solo contratos voluntarios, dinero sano (oro o plata respaldando cada billete y cada depósito a la vista) y respeto absoluto a la propiedad privada. ¿Qué habría pasado entonces?

Lo que habría pasado es lo que siempre pasa cuando se deja que el mercado funcione sin sabotajes: prosperidad sostenida y acelerada.

El error fatal que casi todos cometen

La gente común —y muchos economistas— solo ve lo que está inmediatamente delante de sus ojos. Ve a un banco prestando dinero que no tiene del todo en caja y piensa: “Qué bien, más crédito, más inversión, más crecimiento”. Ve al gobierno emitiendo moneda para financiar gasto público y piensa: “Qué bien, más empleo, más obras”. Pero eso es solo la mitad de la historia. La otra mitad —la que cuenta de verdad— es lo que no se ve.

Cuando un banco crea depósitos de la nada mediante reservas fraccionarias, está robando poder adquisitivo a todos los que ya tienen dinero. Cuando el gobierno imprime o fuerza la expansión crediticia, está desviando recursos reales hacia proyectos que el ahorro voluntario nunca habría financiado. El resultado no es más riqueza; es menos riqueza. Es un boom artificial seguido inevitablemente de crisis. Es lo que pasó en Uruguay en 1890, ligado a la crisis Baring, y en tantos otros episodios de inestabilidad monetaria.

En un sistema de encaje del 100%, nada de eso ocurre. Cada préstamo debe venir de ahorro real previo. Las tasas de interés reflejan el verdadero tiempo de preferencia de la gente por consumir ahora o después. No hay ciclos inducidos por crédito fácil. No hay inflación crónica que erosione el salario y el ahorro. El capital se acumula de verdad, porque nadie puede dilapidar los ahorros ajenos. Y el capital acumulado es lo que genera progreso real: más herramientas, más maquinaria, salarios más altos, vidas más largas y cómodas.

Lo que Uruguay perdió al no elegir ese camino

Uruguay tuvo momentos de relativa libertad bancaria en el siglo XIX. Hubo bancos privados emitiendo notas bajo patrón oro. Pero siempre estuvo la tentación intervencionista: el Estado creando bancos nacionales, regulando emisiones, suspendiendo pagos, protegiendo a los amigos del poder. Cada intervención erosionaba la confianza, desviaba capital y frenaba el crecimiento compuesto que podría haber sido.

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En cambio, piensen en lo que habría ocurrido si se hubiera mantenido la disciplina estricta:

- Capital extranjero habría fluido en cantidades masivas hacia un país con moneda absolutamente estable y contratos inviolables. Los británicos, que invertían en todo el mundo, habrían visto en Uruguay un refugio mucho más seguro que Argentina o cualquier otro vecino.

- La inmigración habría sido aún mayor. Gente de Europa habría llegado no solo por tierra barata, sino por la promesa de un sistema donde el fruto del trabajo no se evapora por inflación o expropiaciones encubiertas.

- El crecimiento per cápita habría sido sostenido al 2,5% o 3% anual durante décadas, en lugar del mediocre promedio histórico. Partiendo de niveles ya decentes en 1870, para 1900 Uruguay podría haber igualado o superado a Estados Unidos en PIB per cápita. Y si se hubiera evitado también el caudillismo político y el gasto público descontrolado, el resultado habría sido aún más espectacular.

No es fantasía. Es aritmética simple. El interés compuesto aplicado a una base sólida, sin sabotajes monetarios, produce milagros. Lo vimos en periodos de libertad relativa en Escocia, en Canadá, en ciertas etapas de Estados Unidos antes de la Reserva Federal. Lo que faltó en Uruguay fue la voluntad de no tocar el dinero.

La lección que sigue vigente

La gente siempre busca atajos. Cree que imprimiendo más dinero o forzando más crédito se crea riqueza. Pero no se crea nada: solo se redistribuye, y casi siempre de los productivos a los improductivos, de los ahorradores a los derrochadores, del futuro al presente insaciable.

Uruguay tuvo la oportunidad de ser una excepción en América Latina: un faro de libertad económica radical en un continente plagado de estatismo. La desperdició. Y la sigue desperdiciando cada vez que recurre a la emisión, al control de cambios o a cualquier forma de manipulación monetaria.

Pero la lección no caduca. La prosperidad no viene de más gobierno, más bancos centrales ni más “políticas activas”. Viene de dejar en paz a la gente para que ahorre, invierta, emprenda y negocie libremente. Viene de un dinero que no se pueda falsificar ni diluir. Viene de respetar la propiedad como si fuera sagrada —porque lo es.

Uruguay podría haber sido, para 1900, uno de los países más ricos del mundo. No lo fue. Pero nada impide que, algún día, recupere esa senda. Solo hace falta mirar no lo que se ve a simple vista, sino lo que realmente importa: las consecuencias a largo plazo para todos.

Porque, al final, la economía no es más que sentido común aplicado con rigor. Y el sentido común nos dice que no se puede consumir más de lo que se produce, ni repartir más de lo que se crea, ni prosperar destruyendo las reglas que hacen posible la creación de riqueza.

La libertad monetaria plena no es utopía. Es la única receta probada para que un país pequeño pero trabajador alcance la grandeza.


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