Hace unos días, Caras y Caretas publicó un artículo de Enrique Ortega Salinas proponiendo reducir en 15 % a las Fuerzas Armadas.
No es la primera vez que alguien repite esa consigna, pero lo llamativo es la liviandad con que lo hace: sin formación en defensa, sin experiencia alguna en el tema y, sobre todo, sin entender el contexto internacional ni las misiones que hoy cumplen nuestras Fuerzas Armadas.
En 1600 palabras, el autor despliega un arsenal de medias verdades y omisiones que merecen respuesta. Ahí vamos, estimado lector.
El relato histórico a medias
Ortega sostiene que en 1985 se redujo el número de efectivos militares. Es cierto, pero no cuenta toda la historia: desde fines de los años 60 las Fuerzas Armadas habían crecido por el accionar terrorista, y el retorno democrático implicó volver a niveles previos a la violencia. Decir que hoy “sobran militares” es una tontería.
Al contrario, las misiones aumentaron. Las Fuerzas Armadas custodian cárceles, patrullan fronteras, participan en misiones de paz y hasta se discute su rol en la protección de fiscales.
¿Reducir en ese contexto? Difícil justificarlo si uno mira la realidad y no los slogans.
El espejismo del gasto
Otra de sus afirmaciones es que “gastamos demasiado en defensa”. Falso. Según indicadores internacionales, Uruguay destina apenas entre 0,6 y 0,7 % del PIB, y eso incluyendo rubros que en otros países se computan como salud, educación o seguridad social: el hospital militar, la formación académica o las pensiones.

La comparación es engañosa. La OTAN recomienda un 2 % del PIB como piso. También miente —o no sabe— al decir que los militares son los únicos jubilados con aguinaldo. Todos los jubilados lo perciben, solo que en diferentes formatos de pago. Basta preguntar antes de escribir.
Comparaciones mal hechas









