En la jornada de hoy, Álvaro Delgado fue electo presidente del Directorio del Partido Nacional. Lo hizo envuelto en los habituales gestos de unidad y continuidad que caracterizan a la política partidaria uruguaya cuando hay poco y nada para renovar.
Delgado, quien hace apenas meses recorrió el país como candidato presidencial, vuelve ahora a la primera fila de la conducción partidaria para garantizar lo que mejor sabe hacer: sostener el statu quo. No sorprende entonces su frase, pronunciada con estudiada claridad: “No soy ni seré la derecha del Partido Nacional”.
La confesión revela mucho más de lo que oculta. Bajo la promesa de “modernidad” y “centro”, Delgado reafirma el rumbo de un nacionalismo cada vez más reacio a sacudirse la tibieza estatista que lo caracteriza desde hace décadas. Lejos de reclamar una administración austera, impuestos más bajos, desregulación real o libertad económica efectiva, el nuevo presidente del Directorio apuesta por la misma receta de siempre: retórica de eficiencia, un puñado de promesas tecnocráticas y ninguna intención de desmontar la pesada mochila de gasto público que aplasta a trabajadores y emprendedores por igual.
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