El martes 12 de agosto, un grupo de alumnos del Instituto de Profesores Artigas hizo algo que en la cultura del instituto equivale a un acto de coraje: se paró frente a las cámaras a decir que no está de acuerdo con la ocupación que los gremios comunistas —estudiantiles y docentes, encolumnados en la órbita de la CSEU-PIT-CNT— mantienen desde el 23 de julio. Su posición, recogida por Subrayado, fue de una moderación casi quirúrgica: no cuestionaban los motivos del conflicto, sino el método. “Estamos en contra de la manera en la que protestan”, explicaron: la ocupación fue la primera medida que se tomó, no la última, sin agotar antes ninguna otra vía.
Una de las que puso la cara fue Lucía Cabrera. La maquinaria se encargó de que se arrepintiera.
Cómo funciona el aparato
Días después de su aparición en los medios, Cabrera grabó un video llorando en el que cuenta que deberá dejar de estudiar por la cantidad de mensajes de hostigamiento recibidos en cuestión de horas. Su pregunta, entre lágrimas, es la que debería estar retumbando en el Codicen, en el Parlamento y en cada sala de profesores del país: “Me parece que estamos en democracia, tenemos libertad de expresión… Por opinar que estoy en contra, ¿me tienen que decir que soy una facha?”.
Repasemos la mecánica del escarmiento, porque es de manual. Primero, la marcación: fotos de Cabrera circulando en el grupo de WhatsApp de su propia clase —entre sus compañeros de aula, futuros profesores de los hijos de todos los uruguayos— con la acusación de “facha”. Segundo, el enjambre: la avalancha de mensajes hostiles en cuestión de horas, divulgados por la propia estudiante. Tercero, el resultado buscado: la joven abandona el grupo, abandona la carrera, abandona el espacio público. Nadie firmó una orden. Nadie necesitó firmarla. Así funciona el disciplinamiento ideológico en los espacios que la izquierda gremial controla desde hace décadas: no hace falta un comisario político cuando la militancia hace el trabajo sucio en cadena.
Cabrera hizo lo único que le quedaba: llamó al Codicen, grabó la conversación y la hizo pública. Desde el organismo le aseguraron que se harán “las investigaciones correspondientes”. Tomamos nota de la promesa. Y tomamos nota, también, de que el caso solo llegó a la agenda nacional cuando La Derecha Diario Uruguay lo difundió en redes y la clase política ya no pudo mirar para otro lado: el senador nacionalista Sebastián Da Silva compartió la denuncia con una sentencia que no necesita traducción: “Son fascistas. Son fascistas”.









