En el año 2009, bajo el primer gobierno frenteamplista, la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) publicó el informe Hacia una Estrategia Nacional de Desarrollo, Uruguay 2050, en el cual alertaba sobre el desastroso escenario demográfico que ya estamos atravesando. También, de qué manera el envejecimiento poblacional en Uruguay, causado por baja natalidad, planteaba grandes desafíos para la economía, el mercado laboral, el sistema de salud, la educación y la protección social.
Paradójicamente, la estrategia que trazaron para hacerle frente al desarrollo nacional fue que, tan solo tres años más tarde, Uruguay se convirtiera en el segundo país de América Latina, después de Cuba, en despenalizar el aborto. Así, bajo la administración de Mujica —un gran admirador de la dictadura cubana— se promulgó, el 22 de octubre de 2012, la Ley Nº 18.987.
La Ley de Aborto, camuflada bajo el nombre Ley de «Interrupción» Voluntaria del Embarazo (IVE), fue impulsada por legisladores del Frente Amplio. Una de las principales promotoras fue la ultrafeminista y socialista Mónica Xavier, actual directora del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres). De este modo, el aborto en Uruguay se transformó en un «derecho garantizado por el Estado»: es decir, desde 2012, todos los uruguayos no solo financiamos los miles de abortos, sino que contribuimos con la grave crisis demográfica del Uruguay y sus desastrosas consecuencias.












