Al final, el tan anunciado túnel bajo 18 de Julio quedó en la nada. No lo mataron los técnicos, ni un repentino ataque de austeridad en el Frente Amplio. Lo mató la realidad: el costo descomunal, el destrozo que iba a dejar en el centro y el riesgo político de seguir empujando un elefante blanco que nadie necesitaba de verdad.
Yamandú Orsi lo reconoció este martes: la idea del soterramiento de 3,2 kilómetros, con estaciones subterráneas y un precio que ya rondaba los 590 millones de dólares, está descartada. Ahora se hablará de una solución “por superficie”, con carriles exclusivos para buses articulados, la ciclovía intacta y algunos ajustes en semáforos. Menos pompa, menos deuda y, sobre todo, menos años de obras que hubieran convertido la principal avenida de Montevideo en un polvoriento caos.
Porque eso era el túnel desde el principio: un delirio caro y disruptivo. Enterrar la avenida para que los ómnibus ganen unos minutos en hora pico, mientras los comercios del centro agonizaban con desvíos, ruido, polvo y quiebras. Un proyecto que olía a foto publicitaria y a deuda eterna, no a solución seria de movilidad. Un capricho que priorizaba el show de “obra moderna” por encima del sentido común y del bolsillo de los montevideanos.
En esa pulseada, la oposición temprana y firme jugó un papel clave. El coronel retirado Roque García, ex Cabildo Abierto, actualmente dirigente del movimiento "Recuperar Montevideo", dentro de la Coalición Republicana, fue el primero en salir públicamente a denunciar el disparate, alertando sobre el despilfarro y el daño irreparable al corazón comercial de la ciudad.









