Milton Friedman dijo una vez: “Nada es tan permanente como una medida temporal del gobierno”, y el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES) es la prueba viviente de ello.
Creado en 2005 bajo el gobierno de Tabaré Vázquez como parte de un “plan de emergencia”, su presupuesto no ha dejado de crecer desde entonces, duplicándose en este último período de gobierno. Cuando el Frente Amplio dejó el poder después de 15 años, uno esperaría que este ministerio ya no fuera necesario, como prometieron. Pero al parecer, necesitaban 15, 20 o vaya uno a saber cuántos años más.
El éxito de los programas sociales debe medirse por la cantidad de personas que logran salir de ellos, no por cuántas dependen de su existencia. Si cada vez más ciudadanos los requieren, es evidente que el sistema ha fracasado. Más que una solución, el MIDES es la consumación del fracaso del Estado para generar un entorno donde las personas puedan prosperar.
La dependencia de los subsidios crea rehenes políticos, sometidos a la voluntad de burócratas que pueden condicionar su sustento según convenga. No es casualidad que ciertos políticos utilicen estos programas como herramienta de control electoral, ni que el presupuesto del MIDES crezca año tras año, no en ayuda directa, sino en salarios para su propia burocracia.










