El presidente Yamandú Orsi volvió a mostrarse como un entusiasta defensor de la Agenda 2030 de Naciones Unidas, al destacar este fin de semana, durante el lanzamiento de la Plataforma de Sevilla, que “un tercio de la Agenda 2030 se cumplió”. La frase busca transmitir optimismo, pero deja en evidencia el verdadero problema: un país que sigue atado a un programa internacional diseñado lejos de sus realidades, prioridades y necesidades.
Orsi celebró que “hay gente que logró salir de la situación en la que estaba”, como si los resultados fueran mérito de los costosos planes estatales impulsados bajo la bandera de la Agenda 2030. La realidad es que ese progreso, allí donde existe, ha sido posible gracias al esfuerzo de individuos y empresas que sortean a diario las trabas burocráticas y regulatorias que estos mismos marcos globalistas promueven.
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La Plataforma de Sevilla fue presentada como un “acto de optimismo”, en palabras de Orsi. Pero detrás de ese optimismo se esconde el mismo modelo que ya ha fracasado: más compromisos internacionales, más informes, más foros y menos soluciones concretas para un país que necesita menos discursos y más libertades económicas.








