Un reciente segmento de Telemundo Uruguay plantea con total naturalidad una pregunta que debería escandalizar a cualquier persona con nociones básicas de economía: «¿Por qué una inflación baja también preocupa?». El titular explica que la inflación está en 3,6 %, por debajo de la meta de 4,5 %, y advierte que si sigue cayendo habrá «menos consumo, inversión y empleo», además de «costos salariales» más altos y «menos recaudación» para el Estado.
Esta narrativa no es un error inocente. Es la cristalización perfecta del pensamiento estatista que durante décadas ha envenenado el debate público en América Latina: la inflación no es un mal que hay que erradicar, sino un parámetro macroeconómico que debe mantenerse en un rango «óptimo» (normalmente entre 3 % y 5 % anual) para que la máquina siga funcionando. Cuando baja demasiado, el sistema entra en pánico. ¿Por qué? Porque el modelo depende estructuralmente de la depreciación continua de la moneda.
La inflación no es un lubricante del crecimiento. Es un impuesto regresivo encubierto que opera mediante la expropiación silenciosa del poder adquisitivo de los saldos monetarios y de las rentas fijas. Cada punto porcentual adicional de inflación persistente transfiere riqueza de los agentes que llegan últimos al nuevo dinero (asalariados, jubilados, pequeños ahorristas, trabajadores informales) hacia los que llegan primeros (Estado, sector financiero con acceso preferente al crédito expandido, grandes empresas endeudadas en moneda local). Quien sostiene que una inflación del 3,6 % «preocupa» porque el Estado recauda menos está confesando, sin quererlo, que el fisco uruguayo (y el de muchos países vecinos) no puede financiarse sin licuar sistemáticamente los ingresos y patrimonios de los ciudadanos.
Repasemos los mecanismos por los cuales una inflación baja y sostenida cerca de cero aterroriza al establishment:
Efecto sobre la recaudación real del Estado
El impuesto inflacionario (señoreaje) actúa sobre el stock de base monetaria y sobre los saldos en cuentas corrientes y de ahorro que no devengan intereses reales positivos. Cuando la inflación cae del 8 % al 3 %, el Estado pierde automáticamente varios puntos de PIB en capacidad de gasto sin necesidad de emitir más deuda ni subir impuestos visibles.
Eso explica el pánico: no es que la economía «necesite» inflación; es que el Estado necesita inflación para evitar recortar gasto estructural.
Ilusión de consumo y endeudamiento insostenible
Una expansión monetaria persistente genera tipos de interés reales negativos que estimulan el consumo presente y el endeudamiento a costa del ahorro futuro. Cuando la inflación baja y los tipos reales se vuelven positivos (o menos negativos), muchas decisiones de gasto que parecían rentables dejan de serlo.
El ajuste revela la insostenibilidad previa. Llamar a eso «menos consumo» es eufemismo; lo correcto es decir: se corrige la distorsión provocada por el dinero barato artificial.
Costos salariales «más altos» en términos reales
Aquí radica una de las mayores hipocresías. Cuando la inflación es alta, los salarios nominales suben, pero los reales se estancan o caen. Cuando la inflación baja, los salarios nominales crecen menos, pero el poder adquisitivo sube porque los precios se estabilizan.








