Uruguay nuevamente mostrando el estancamiento característico.
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La reciente decisión de Argentina de acoger una inversión de hasta 25.000 millones de dólares para construir un megacentro de datos de inteligencia artificial en la Patagonia, liderado por OpenAI y Sur Energy, marca un punto de inflexión en la región.
Este proyecto, bautizado “Stargate Argentina”, no es solo un hito tecnológico, sino la manifestación concreta de una política económica que, bajo el liderazgo de Javier Milei, apuesta por el libre mercado y la desregulación para atraer capitales globales.
Mientras tanto, Uruguay, un país con una trayectoria envidiable de estabilidad institucional, infraestructura logística y seguridad jurídica, observa con resignación cómo una oportunidad histórica cruza el Río de la Plata. La “sana envidia” no basta para ocultar un diagnóstico severo: Uruguay está perdiendo terreno por su incapacidad de adaptarse a las exigencias de la nueva economía global.
Uruguay ha construido, a lo largo de décadas, un ecosistema que debería posicionarlo como el destino natural para inversiones de esta envergadura. Su infraestructura logística —con un puerto moderno, un aeropuerto eficiente y proyectos de revitalización ferroviaria—, sumada a la seguridad jurídica, las zonas francas y el marco de la Comisión de Aplicación de la Ley de Inversiones (COMAP), lo convierten en un candidato ideal para atraer inversión global.
Sin embargo, este potencial permanece desaprovechado. Mientras Argentina desmantela regulaciones, reduce el gasto público del 44% al 32% del PBI y logra un superávit fiscal inédito en 14 años, Uruguay se estanca en un crecimiento proyectado del 2,1% para 2025, lastrado por un consumo privado débil, estancamiento laboral y una inflación que erosiona el poder adquisitivo.
El Fondo Monetario Internacional advierte que las brechas en infraestructura, las regulaciones excesivas y la concentración de mercados están minando la competitividad uruguaya.
El contraste con Argentina es revelador. La administración Milei ha reducido la deuda pública del 99,5% del PBI en 2023 al 45% en 2025, eliminando restricciones cambiarias y promoviendo un entorno de libre mercado que atrae a gigantes tecnológicos.
Representación energía nuclear.
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), parte de la Ley Bases, ofrece estabilidad fiscal, beneficios aduaneros y acceso irrestricto a divisas, creando un marco irresistible para proyectos como Stargate.
Además, Argentina ha reconocido la importancia de la energía nuclear como pilar de una matriz energética competitiva, apostando por reactores que garanticen suministro estable para sostener la demanda de los centros de datos de IA.
Uruguay, por el contrario, se encuentra atrapado en un corsé ideológico. La Ley 16.832 de 1997 prohíbe la generación de energía nuclear, a pesar de que plantas argentinas operan a pocos kilómetros de la frontera.
Las energías renovables, aunque valiosas, son insuficientes para satisfacer las demandas de la industria tecnológica moderna, tanto por su intermitencia como por su costo. Esta rigidez energética, combinada con un marco regulatorio que desalienta la inversión y un Estado sobredimensionado, condena a Uruguay al estancamiento.
No todo está perdido. La reciente presentación de un proyecto de ley para derogar la prohibición nuclear es un paso en la dirección correcta.
Uruguay necesita emular el coraje desregulador de Argentina: reducir la carga estatal, eliminar trabas burocráticas y promover un mercado libre que fomente la innovación. La infraestructura y la estabilidad jurídica ya están; lo que falta es la voluntad política para desmantelar las rigideces que ahogan el potencial del país.
La carrera por el liderazgo en la economía digital no espera. Argentina, con su apuesta por el libre mercado y la desregulación, se está posicionando como un hub tecnológico de primer orden.
Uruguay, en cambio, corre el riesgo de quedar relegado a un segundo plano si persiste en su inmovilismo. Es imperativo actuar ahora: derogar las restricciones energéticas obsoletas, liberalizar los mercados y transformar a Uruguay en el destino preferido para las grandes inversiones tecnológicas.
OpenIA y Argentina.
De lo contrario, seguiremos contemplando, con resignación, cómo las oportunidades se desvanecen al otro lado del río, mientras el mundo avanza y nosotros permanecemos anclados en el pasado.