El martes pasado un estudiante apuñaló a una compañera de 19 años en el tercer piso de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República. La joven quedó con heridas graves, lesión ocular y de abdomen. Como ocurre cada vez que se da un hecho de esta magnitud se sacude la opinión pública y la clase política sale a manifestarse. Tweets de varios párrafos con palabras sentidas, indignación y reflexiones profundas de distintos referentes, principalmente aquellos que se han abanderado con las políticas de género, como Di Candia, Constanza Moreira, o la ministro de Salud, Cristina Lustemberg, que incluso se hizo presente en la facultad y realizó profundas declaraciones frente a las cámaras.
Nadie discute lo grave que fue el episodio. El problema es que ese mismo discurso se repite después de cada ataque, cada violación, cada situación de acoso, y casi nunca va acompañado de un compromiso concreto: penas firmes y efectivamente cumplidas para quienes cometen estos delitos. Indignarse es gratis. Legislar en contra de los propios intereses electorales, no tanto.
El Frente Amplio —el partido que se presenta como el más sensible y empático — sistemáticamente evitó endurecer penas contra los delitos sexuales y contra el delito en general desde su primer gobierno. Todos recordamos a Tabaré Vázquez y su "plan de descongestionamiento carcelario" lanzado en 2009 cuando apuntó a trasladar y liberar reclusos antes que a fortalecer el sistema de castigo. Cuando se insistió durante más de una década (2008, 2010, 2015, 2018) con crear un Registro Nacional de Violadores y Abusadores Sexuales, el Frente Amplio, con mayoría parlamentaria propia, bloqueó la iniciativa una y otra vez, calificándola de "redundante". El registro recién se creó en 2020, con la Ley de Urgente Consideración, ya con otro gobierno en el poder. Hoy el Frente Amplio gobierna nuevamente y el mecanismo que licúa las penas por la vía del juicio abreviado sigue intacto para los delitos sexuales. Se puede hablar todo lo que se quiera de sensibilidad de género; lo que no hay, hasta ahora, es la voluntad de tocar la herramienta procesal que en los hechos devalúa la condena.












