Uruguay se ha acostumbrado a vivir de su reputación. Durante décadas bastó con invocar la estabilidad política, la tradición institucional y cierto sentido del equilibrio para presentarse ante el mundo como un caso excepcional en la región. Esa imagen, sin embargo, ha empezado a revelar sus límites. La paz social y la previsibilidad institucional, por valiosas que sean, no constituyen por sí solas una estrategia de crecimiento. Son condiciones necesarias, pero ya no suficientes.
El problema de fondo es más profundo y menos amable. El país invierte poco. Con una tasa de inversión que ronda el 16% del producto, apenas alcanza para reponer el capital que se deprecia y dejar un margen mínimo de expansión. En términos prácticos, eso significa que la economía renueva lo que tiene, pero no transforma su estructura productiva. Sin una acumulación sostenida de capital, la productividad se estanca. Y cuando la productividad se estanca, el crecimiento se vuelve marginal, casi estadístico.












