Hay instituciones que se ganan el respeto y otras que se limitan a exigirlo. El Latinobarómetro 2026 acaba de ubicar a los sindicatos uruguayos, sin ambigüedad, en la segunda categoría: apenas tres de cada diez ciudadanos dicen confiar en ellos. El dato no sorprenderá a nadie que haya esperado un ómnibus que nunca llegó, que haya tenido que explicarle a su hijo por qué otra vez no hay clase o que haya visto un contenedor varado en el puerto mientras su negocio perdía plata. Sorprenderá, en todo caso, a quienes siguen hablando en nombre de "los trabajadores" como si alguien les hubiera firmado un poder.
La tabla es elocuente. Arriba, la Policía (60%) y las Fuerzas Armadas (57%), las mismas instituciones que cierta intelectualidad pasó décadas mirando con desdén. Abajo, los sindicatos, rozando el piso, apenas un escalón por encima de los partidos políticos (23%). La central que se arroga el papel de conciencia moral de la República compite en descrédito con la política partidaria. Y no es casualidad: hace tiempo que dejó de distinguirse de ella.











