La Unión Europea de Radiodifusión (EBU) confirmó que Israel participará en Eurovisión 2026, tras una reunión en la que no se convocó ninguna votación para excluir al país.
El mensaje fue nítido: el certamen musical no debe convertirse en rehén de agendas políticas ni en un instrumento de presión ideológica disfrazada de valores.
La decisión vino respaldada por una mayoría abrumadora de miembros, que aprobaron nuevas reglas destinadas a impedir la injerencia gubernamental o de terceros en la promoción de las canciones.
Estas reformas nacen a raíz de acusaciones —sin verificación independiente— de que Israel habría promocionado en exceso a su representante en 2025. Pese al ruido, la EBU mantuvo su posición: todos los países tienen derecho a competir bajo un marco que garantice neutralidad e imparcialidad.
Sin embargo, para algunos Estados europeos, la resolución de la EBU fue una excusa para profundizar su campaña de presión política contra Israel.
La emisora pública neerlandesa AVROTROS abrió la tanda de renuncias, alegando que las acciones israelíes en Gaza “cruzaron una línea”.











