EL BCU recortó la tasa al 5,75% distorsionando la economía y la estructura productiva

EL BCU recortó la tasa al 5,75% distorsionando la economía y la estructura productiva
porPedro Ponce De León
Economía

El Banco Central distorsiona la economía tomando decisiones equivocadas.


El Banco Central del Uruguay resolvió, por unanimidad, bajar la Tasa de Política Monetaria en 75 puntos básicos hasta dejarla en 5,75 %. Séptimo recorte consecutivo. El comunicado oficial cita la incertidumbre por el conflicto en Medio Oriente, el comportamiento del dólar y el riesgo de que la inflación —hoy en 3,46 % interanual— quede por debajo de la meta del 4,5 %. Prometen “monitorear” los acontecimientos.

Esta medida no es un ajuste técnico. Es la repetición exacta del mecanismo que genera todos los ciclos económicos: la creación artificial de crédito fiduciario por parte de un sistema bancario amparado en el monopolio central.

Cuando el Banco Central reduce la tasa inyectando liquidez, los bancos comerciales multiplican ese crédito mediante la reserva fraccionaria: crean depósitos a la vista que no están respaldados por ahorro real previo. Ese dinero fiduciario —pura creación ex nihilo— llega primero a los empresarios y les hace creer que existe más ahorro voluntario en la sociedad del que realmente hay.

El resultado inmediato es una distorsión profunda en la estructura temporal de la producción. Los proyectos de inversión se alargan artificialmente: se multiplican las etapas más alejadas del consumo (maquinaria pesada, construcciones a largo plazo, bienes de capital complejos) mientras se descuidan las etapas más cercanas. Los recursos se desvían hacia usos que solo serían rentables si los ahorradores reales hubieran decidido postergar su consumo presente. Esa es la malinversión sistemática: una coordinación intertemporal falsa que no puede sostenerse porque no hay ahorro genuino que la respalde.

El ciclo es inevitable y sigue siempre el mismo patrón: primero viene el boom, con euforia crediticia, suba de precios de activos y aparente prosperidad. Luego, cuando los proyectos maduran y revelan que faltan bienes intermedios o que los costos reales son insostenibles, estalla la crisis: quiebras en cadena, desempleo, contracción crediticia y ajuste forzoso. La historia uruguaya lo demuestra con claridad dolorosa.

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En la década de 1960, la expansión monetaria para financiar déficits fiscales y la multiplicación crediticia generaron inflación crónica que superó el 40 % anual y culminaron en la crisis bancaria de 1965: quiebras masivas y pérdida de confianza. En 1982, la “tablita” cambiaria combinada con crédito barato creó un boom de inversión artificial que terminó en devaluación brutal, caída del PIB del 10 % y rescates masivos del Banco Central. La crisis de 2002 fue aún peor: la corrida bancaria, el feriado y la devaluación del 12 % del PIB no fueron solo “contagio argentino”; fueron la consecuencia lógica de años de endeudamiento en dólares fomentado por tasas artificialmente bajas y un sistema que permitió crear dinero fiduciario sin respaldo. En cada caso, el intervencionismo monetario pospuso el ajuste natural y lo hizo más violento.

La inflación que hoy aparece “baja” no es victoria alguna. Es solo la fase inicial del proceso: mientras la distorsión madura, los precios aún no reflejan toda la expansión previa. Cuando los proyectos fallidos exijan más liquidez o cuando la presión del dólar se intensifique, el sistema revelará su verdadera cara: devaluación, inflación reprimida o recesión abierta. Invocar “choques externos” como Medio Oriente o el dólar fuerte es la excusa habitual para justificar lo injustificable. Esos shocks serían simples ajustes de precios relativos en un mercado libre. Lo que hace el intervencionismo es bloquear ese ajuste y agregar una capa extra de distorsión que destruye capital acumulado.

Esta expansión fiduciaria no solo genera ciclos. Erosiona el ahorro genuino, reduce el poder adquisitivo del peso en términos reales y produce la redistribución más injusta: el efecto Cantillon en su máxima expresión. Los primeros en recibir el dinero nuevo (bancos, grandes deudores, sector público) capturan ganancias; los últimos —asalariados, jubilados, pequeños productores— pagan con pérdida de poder adquisitivo y oportunidades destruidas.

La raíz del problema es estructural: el Banco Central, con su monopolio coercitivo sobre la emisión y la imposición del curso forzoso, habilita y amplifica la reserva fraccionaria en todo el sistema bancario. Mientras persista ese monopolio, Uruguay seguirá condenado a estos ciclos recurrentes de boom artificial, destrucción de capital y ajustes dolorosos.

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La única solución real es eliminar el problema de raíz: suprimir el monopolio del Banco Central, permitir la competencia libre en la emisión y el uso del dinero, imponer la reserva bancaria del 100 % sobre los depósitos a la vista y dejar que las tasas de interés las determinen exclusivamente los ahorradores y prestatarios en un mercado genuino. Avanzar hacia un sistema monetario basado en un bien de mercado elegido libremente (patrón oro clásico) o, al menos, eliminar la obligación legal de aceptar el peso fiat. Solo así la coordinación intertemporal será real, la estructura productiva reflejará las preferencias genuinas de la sociedad y los choques externos se convertirán en simples ajustes de precios, nunca en excusas para seguir saqueando el capital productivo.

Mientras el consenso intervencionista siga intacto, cada recorte de tasa del BCU será apenas otra vuelta de tuerca en el mismo mecanismo fallido. La estabilidad monetaria verdadera no se logra con más planificación central ni con más crédito fiduciario. Se logra con menos. Mucho menos. La libertad monetaria plena —con reserva total y competencia— es la única garantía contra los ciclos que el intervencionismo fabrica sistemáticamente. Todo lo demás es demora de lo inevitable.


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