Los datos de desempleo muestran números preocupantes para la economía

Los datos de desempleo muestran números preocupantes para la economía
porPedro Ponce De León
Economía

La desocupación aumenta mientras la economía uruguaya se desacelera.


Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en enero de 2026 la tasa de desempleo en Uruguay alcanzó el 7,4 %, lo que representa un incremento de 0,4 puntos porcentuales respecto a diciembre de 2025 (cuando se ubicó en torno al 7,0 %). La tasa de actividad se situó en 64,6 %, la de empleo en 59,8 % y se registraron aproximadamente 133.000 personas desocupadas. Aunque la cifra mejora levemente en comparación interanual con enero de 2025 (alrededor del 8,1 %), el repunte estacional al inicio del año revela una dinámica persistente en el mercado laboral uruguayo.

Pero este indicador es atrasadísimo. Para cuando la tasa de desempleo refleje plenamente la situación de tensión económica actual, ya vamos a estar con la ñata contra la pared. Al oso hay que cazarlo desde lejos y con mira telescópica.

Por eso, en lugar de obsesionarnos con un dato que siempre llega tarde, hay que mirar los indicadores líderes que sí anticipan los problemas: la recaudación de la DGI (que ya muestra señales de menor dinamismo fiscal), el EMAE (Estimador Mensual de Actividad Económica), el ICC (Índice de Confianza del Consumidor) y la curva de tipos de interés, entre otros. Estos instrumentos captan en tiempo real las presiones que genera el intervencionismo antes de que se traduzcan en despidos masivos o desempleo registrado.

Este fenómeno no surge de un “fallo” espontáneo del mercado, sino de intervenciones institucionales que distorsionan los precios del trabajo. En un sistema sin regulaciones artificiales, los salarios se ajustan naturalmente hasta equilibrar la oferta y la demanda laboral: todo aquel dispuesto a trabajar al salario de mercado encuentra empleo. Sin embargo, cuando el Estado impone salarios mínimos obligatorios, convenios colectivos con fuerza de ley, indemnizaciones elevadas por despido, generosos subsidios por desempleo o cargas impositivas y regulatorias excesivas sobre el empleo, se crea un “salario artificialmente alto” que genera exceso de oferta laboral. Las empresas contratan menos de lo que podrían, porque el costo real del trabajo supera la productividad marginal que genera el trabajador. El resultado es desempleo institucional.

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Uruguay es el laboratorio perfecto de este error fatal. El sistema batllista, impulsado por José Batlle y Ordóñez a partir de 1903, no fue ningún “modelo progresista” ni la envidia de América Latina. Fue el origen del cáncer intervencionista que aún nos carcome. Con la jornada de 8 horas (1915), el reconocimiento legal de sindicatos, el salario mínimo, las protecciones absurdas contra despidos y un sistema de seguridad social desmesurado, Batlle y sus sucesores convirtieron al Estado en el gran empleador, el gran regulador y el gran redistribuidor.

Lejos de proteger al trabajador, crearon un monstruo clientelar: sindicatos convertidos en poder fáctico, un sector público elefante que asfixia al privado y una cultura de dependencia donde el empleo “seguro” siempre depende del Estado o de regulaciones que ahuyentan la inversión. El batllismo vendió la ilusión de la “justicia social” por encima de la realidad económica, y el precio lo seguimos pagando un siglo después: rigideces estructurales que impiden que el mercado laboral funcione, crisis recurrentes y un desempleo crónico que ningún gobierno ha podido eliminar.

Los datos históricos son implacables y condenan ese modelo:

- En la crisis de 2002 (heredada del agotamiento del intervencionismo batllista y sus derivados), el desempleo explotó por encima del 15-17 %.

- El promedio de las últimas dos décadas (2006-2026) ronda el 8 %, con picos del 13,4 % y mínimos efímeros del 5,4 % (diciembre 2010).

- Durante los períodos de mayor énfasis en negociación colectiva obligatoria y aumentos del salario mínimo (2005-2020 y ahora desde marzo 2025), el desempleo solo se “contiene” artificialmente con gasto público y poder sindical, pero reaparece en cuanto hay un mínimo ajuste.

En el contexto actual, el repunte al 7,4 % en enero de 2026 ocurre bajo un gobierno que sigue fiel al manual batllista: más intervención, más “protecciones”. Recientemente se anunció un plan de jubilación anticipada a los 60 años para trabajadores de “mayor desgaste físico” y bajos ingresos (presentado en la Asamblea General el 2 de marzo de 2026).

Además, avanza el debate sobre reducción de la jornada laboral (de 48 a 40 horas semanales), ratificación de convenios OIT que encarecen aún más el costo laboral, continuidad de la negociación colectiva sectorial y propuestas de preaviso obligatorio ante despidos colectivos. Todas estas medidas —herederas directas del batllismo— elevan el costo efectivo del trabajo, desincentivan contrataciones nuevas y agrandan la brecha entre lo que exigen las regulaciones y lo que las empresas pueden pagar.

Mientras tanto, los indicadores líderes ya están gritando: recaudación DGI estancada, EMAE anticipando menor actividad, ICC en caída y curva de tipos advirtiendo sobre costos de financiamiento más altos. Al mismo tiempo persisten los síntomas del desastre estructural: informalidad laboral (alrededor del 20 % sin aportes), subempleo (8,2 % de ocupados desea más horas) y volatilidad mensual brutal (casi 67.000 personas cambian de situación laboral en un mes). La tasa de actividad subió al 64,6 %, más gente busca trabajo, pero el sistema batllista les cierra la puerta con costos artificialmente altos.

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La solución es romper de una vez con ese modelo fracasado: reducir o eliminar el salario mínimo nacional (o hacerlo flexible por sector y región), permitir contratos libres sin indemnizaciones desproporcionadas, bajar la carga tributaria y previsional sobre el salario, limitar el poder monopólico de la negociación colectiva obligatoria y recortar el gasto público que se financia exprimiendo el trabajo. Solo así los salarios reflejarán la productividad real y el desempleo bajará a su nivel natural.

Uruguay lleva más de un siglo atado al batllismo y a sus derivados. El resultado es un país que oscila entre el 7 % y el 17 % de desempleo según el ciclo, sin lograr nunca un empleo genuino y masivo. La suba al 7,4 % de enero es solo el síntoma más reciente —y atrasado— de un problema que nació con Batlle: un intervencionismo que promete proteger y termina destruyendo oportunidades. Mientras sigamos adorando ese modelo del siglo pasado, seguiremos con la ñata contra la pared. Es hora de cazar el oso con indicadores adelantados y, sobre todo, de enterrar de una vez las rigideces batllistas que nos condenan al atraso.


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