Uruguay es un país que envejece sin aprender. Cada vez que el mundo cambia, nos atrincheramos. Como un jubilado que se pelea con el cajero automático, el Estado uruguayo insiste en luchar contra el tiempo con leyes, formularios y decretos. Y ahora, el enemigo tiene nombre chino: Temu.
En febrero llegaron unos 160.000 paquetes al país desde esa plataforma digital. Una especie de shopping global a precios de feria. Todo más barato, más rápido y sin moverse de la casa. El ciudadano votante, cansado de pagar $1.200 por una lámpara LED en la ferretería del barrio, encontró en Temu su revancha silenciosa. Y lo hizo en masa.
La reacción del gobierno del Frente Amplio —con la eficiencia de un telegrama cantado— fue convocar a la Aduana y lanzar un "paquete de medidas". ¿Para qué?, ¿Para facilitar la modernización del comercio? No. Para defender al comerciante nacional del consumidor nacional. Lo que en otras épocas llamábamos sustitución de importaciones, ahora se disfraza de "protección a las economías regionales". ¿Protección de quién? ¿Del vecino que vende termos a $2.000 mientras Temu los manda por $500 con envío gratis?
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Lo que no dice el ministro Oddone es que el proteccionismo no funciona contra internet.








