Israel ha rechazado el último informe de la ONU que habla de hambruna en Gaza, calificándolo de “moderno libelo de sangre”. Y no sin razón: el Estado judío ha permitido la entrada de miles de camiones de ayuda desde mayo, a pesar de que en repetidas ocasiones se ha documentado cómo Hamas desvía esa asistencia para uso militar.
La realidad es incómoda para Greta y sus seguidores: no hay un “bloqueo” por capricho, sino un esfuerzo de defensa frente a un grupo armado que ha convertido hospitales en búnkeres, escuelas en depósitos de cohetes y barrios enteros en trincheras. Israel, como cualquier nación soberana, tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos.
Pero para Thunberg, resulta más fácil repetir consignas que analizar la complejidad de la región. Su narrativa ignora a las víctimas israelíes de Hamas y reduce el conflicto a un eslogan. Lo paradójico es que alguien que construyó su fama alertando sobre la manipulación política del medioambiente, hoy se deje instrumentalizar tan abiertamente en campañas de propaganda contra un Estado democrático que lucha por su supervivencia.
Israel, mientras tanto, continúa preparando operaciones militares para desmantelar las últimas estructuras de Hamas en el norte de Gaza.
La flotilla de Greta podrá navegar con sus banderas y discursos, pero no llevará soluciones reales a los habitantes de Gaza. Al contrario, corre el riesgo de fortalecer la narrativa de Hamas y perpetuar la tragedia que dice querer aliviar.