Desde este jueves 1º de octubre, cargar el tanque cuesta más. El Poder Ejecutivo resolvió aumentar un 2% la nafta, unos $1,80 más por litro, y un 7% el gasoil, unos $4 más por litro. La nafta Súper pasó de $88,67 a $90,45 y el gasoil 50S, de $58,68 a $62,79.
El gobierno presenta la medida como un acto de sensatez. Según la Ursea, trasladar los precios internacionales habría significado subas de 5,5% en la nafta y 37% en el gasoil. El Ejecutivo dice que "amortigua". Pero conviene mirar lo que se ve y, sobre todo, lo que no se ve.
Lo que se ve
Se ve un aumento menor al que marcaba la referencia. Se ve a un ministro anunciando que el gobierno protege el bolsillo de la gente. Se ve un número en el surtidor que sube menos de lo que podría haber subido.
Lo que no se ve
No se ve quién paga la diferencia. El petróleo no se abarata porque un decreto lo diga. Si el combustible cuesta más de lo que se cobra, alguien cubre el agujero. Y ese alguien es Ancap, una empresa del Estado, o sea, de los contribuyentes. El propio Ejecutivo admitió que decidió mirando la proyección de la caja de Ancap para los próximos seis meses.
Traducido: lo que el uruguayo no paga hoy en el surtidor lo va a pagar mañana en pérdidas del ente, en capitalizaciones, en tarifas o en impuestos. El precio político no elimina el costo: solo lo esconde y lo manda para adelante.
El precio no es un capricho, es información
En un mercado libre, el precio del combustible le dice a todo el mundo algo concreto: hay menos oferta, cuidá lo que usás, buscá alternativas, invertí en eficiencia. Cuando el gobierno decide por decreto cuánto vale un litro, ese mensaje se apaga. Nadie sabe ya cuánto cuesta realmente lo que consume, y las decisiones de empresas, transportistas y productores se toman sobre un número que no existe.
Y cuando el precio artificial ya no da más, llega el ajuste de golpe. Tres meses de congelamiento terminan, como siempre, en un aumento.
El gasoil, la cadena que nadie congela
El golpe más fuerte cae sobre el gasoil, el combustible que mueve el transporte de carga y la producción agropecuaria. Ese aumento puede pasar a los costos logísticos y de fletes en las próximas semanas. Cada kilo de carne, cada litro de leche y cada caja de verdura que viaja en camión va a llegar más cara a la góndola.
El laburante paga dos veces: en el surtidor y en el supermercado.
Monopolio, regulador y recaudador
En Uruguay no hay un mercado de combustibles. Hay un Estado que importa y refina a través de su propia empresa, fija el precio por decreto y cobra los impuestos de cada litro. Con ese esquema, Uruguay ya tenía la nafta más cara de Latinoamérica, incluso con los precios congelados.
Nada de esto es una falla del mercado, porque no hay mercado. Es el resultado de un sistema donde un solo actor decide todo y nunca enfrenta competencia. Sin competencia, no hay presión para bajar costos, ser eficiente ni rendirle cuentas al consumidor.
La salida que no se discute
La alternativa no es un mejor decreto ni un congelamiento más prolijo. Es sacar al Estado del medio: abrir la importación y la refinación a la competencia, dejar que el precio refleje la realidad y bajar la carga impositiva sobre cada litro. Cada intervención para tapar la anterior genera la siguiente, y el que paga la cuenta de todas es siempre el mismo.
Cuando hay que ajustar, el ajuste empieza por el surtidor, el flete y el bolsillo del que trabaja. Nunca por el tamaño del Estado que fija el precio. La austeridad, como siempre, es solo para el pueblo.