Hay cosas que un país no debería regalar. El pasaporte es una de ellas. No es un papel con sello. Es la prueba de pertenencia, de historia compartida, de un contrato implícito entre quienes nacieron aquí o se criaron bajo las mismas reglas. Cuando ese documento se diluye, lo que se diluye es el propio país.
El gobierno envió al Parlamento un proyecto para que los ciudadanos legales (extranjeros naturalizados) pasen a figurar como "nacionales uruguayos" en el pasaporte. Parte de la oposición lo mira con simpatía. El resultado es el mismo: se borra una distinción que existió durante casi doscientos años. Un cubano, un venezolano o un chino que obtiene la carta de ciudadanía podrá, en el papel, presentarse ante el mundo exactamente igual que alguien nacido en Melo o en Salto. La diferencia entre nacer y llegar se vuelve un detalle administrativo.
Esto no es un debate técnico de derecho constitucional. Es una decisión política sobre quién entra al club y bajo qué condiciones. Y el club, como siempre, lo pagan los que ya están adentro.










